Cap. 16: Sesión De Mermelada

La Carga De La Envidia

Mi copa está rebosando
Salmo 23.5

Un miembro de nuestra iglesia me dio una jarra de conserva casera de durazno hace un par de semanas. Pocas cosas deliciosas en la vida se comparan con su conserva de durazno. Si yo tuviera que enfrentar un pelotón de fusilamiento, pasaría por alto los cigarrillos, pero sería el primero en levantarme si ofrecen las conservas de durazno de Sara. Cada cucharada es una experiencia celestial. El único problema con su regalo es que está por acabarse. Estoy triste al señalar que ya se ve el fondo de mi jarra. Pronto estaré sacudiendo la última gota como un vaquero sacude su cantimplora.

Para ser bien sincero, estoy temiendo el momento. Su proximidad ha afectado mi conducta. Alguien que solicite una probadita de mi conserva de durazno se encontrará con un Clint Eastwood que le dirá con un gruñido: «Ni lo pienses».

Si fuera el esposo de Sara, Keith, yo no tendría este problema. Él tiene toda la conserva de durazno que desee. ¿Le hará salir lágrimas el sonido de la cuchara en el fondo de la jarra? Difícil. Él tiene una ilimitada provisión. Alguien podría aun decir que tiene más de lo que merece. Y alguien podría desear saber por qué tiene tanto y yo tan poco. ¿Por qué él tiene una despensa llena y una jarra llena? ¿Quién le dio a él la llave del castillo de gelatina? ¿Quién le hace a él el jefe de las mermeladas? ¿Quién coronó a Keith el rey de las confituras? No es justo. No es correcto. En efecto, mientras más pienso sobre esto …

Y eso es exactamente lo que no debería hacer. No debería pensar en esto. Para abreviar, al final del rastro de estos pensamientos está el estuche mortal de la envidia. Si no ha visto uno en la vida real, habrá visto uno en las películas de espías. El asesino lo transporta al subir las escaleras de atrás hasta la pieza vacía en lo alto del edificio. Cuando está seguro que nadie puede verlo, abre el estuche. El rifle desarmado está entre cojines. La escopeta, la carga, la culata esperan la mano del buen tirador. El buen tirador espera la llegada de su víctima.

¿Quién es su víctima? Alguien que tiene más de lo que él tiene. Más quilates, más caballos de fuerza, más espacio en la oficina, más miembros en la iglesia. Celosamente fija la mira sobre quien tiene más. «Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis» (Santiago 4.2).

Sinceramente, Max, yo nunca haría eso. Yo nunca mataría.

Con un rifle, tal vez no. Pero ¿qué de con tu lengua? ¿Con tu mirada de odio? ¿Tu chismorreo? «Los celos», dice Proverbios 6.34, «son el furor del hombre». ¿Está su mirada puesta sobre alguien? Si es así, sea cuidadoso; «la envidia es carcoma de los huesos» (Proverbios 14.30).

¿Necesita un disuasivo para la envidia? ¿Un antídoto para los celos? El Salmo que estamos estudiando nos ofrece uno. Antes de lamentar las conservas de durazno que no tiene, alégrese en la copa abundante que tiene. «Mi copa está rebosando» (Salmo 23.5).

¿Está llena una copa rebosante? Claro que sí. El vino toca el borde y luego se derrama por la orilla. El cáliz no es lo suficientemente grande para contener esa cantidad. Según David, nuestros corazones no son lo suficientemente grandes para contener las bendiciones que Dios desea darnos. Él derrama y derrama hasta que literalmente fluyen por sobre el borde y caen a la mesa. A usted le gustará un párrafo de hace un siglo de F.B. Meyer:

Cualesquiera que sean las bendiciones que están en nuestra copa, seguro es que rebosarán. El ternero es siempre el ternero engordado; la túnica es siempre la mejor túnica; el gozo es inexplicable; la paz sobrepasa todo entendimiento. No hay límites en la benevolencia de Dios; Él no mide su bondad con cuentagotas, como el farmacéutico, ni mide sus copitas lenta y exactamente, gota por gota. La manera de Dios es siempre caracterizada por su numerosa y sobreabundante liberalidad.

De lo menos que tenemos que preocuparnos es de no tener suficiente. Nuestra copa rebosa con bendiciones.

Permítame preguntarle. Es una pregunta bien importante. Si fijarnos en la disminución de nuestras cosas conduce a la envidia, ¿qué pasaría si nos concentrásemos en las cosas que no se acaban? Si la conciencia de lo que no tenemos lleva a los celos, ¿es posible que la conciencia de nuestra abundancia nos guíe al contentamiento? Pruebe y vea qué pasa. Dediquemos unos pocos párrafos a un par de bendiciones que, según la Biblia, están rebosando en nuestra vida.

Gracia abundante. «Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5.20). Abundancia es tener más, en exceso, una porción extravagante. ¿Debe el pez en el Pacífico preocuparse de que podría salirse del océano? No. ¿Por qué? El océano abunda en agua. ¿Necesita la alondra preocuparse de encontrar espacio para volar en el cielo? No. El cielo abunda en espacio.

¿Debería el cristiano preocuparse de que la copa de la misericordia se vacíe? Podría. Podría no estar enterado de la abundante gracia de Dios. ¿Lo está usted? ¿Está usted consciente de que la copa que Dios nos da rebosa en misericordia? ¿O teme que su copa se seque? ¿Su garantía expirará? ¿Teme que sus errores sean demasiado grandes para la gracia de Dios?

No podemos menos que preguntarnos si el apóstol Pablo tenía el mismo temor. Antes que fuera Pablo el apóstol, era Saulo el homicida. Antes que animara a los cristianos, los mataba. ¿Cómo será vivir con tal pasado? ¿Se encontró alguna vez con los niños que dejó huérfanos? ¿Sus rostros le perturbaban el sueño? ¿Se preguntó alguna vez si Dios podría perdonar a un hombre como él?

La respuesta a sus preguntas y las nuestras se encuentran en una carta que escribió a Timoteo: «La gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús» (1 Timoteo 1.14).

Dios no es avaro con su gracia. Su copa podría estar baja en dinero o ropa, pero rebosa en misericordia. Podría no tener un estacionamiento de lujo, pero tiene suficiente perdón. «Será amplio en perdonar» (Isaías 55.7). Su copa rebosa en gracia.

Esperanza. Su copa rebosa esperanza. «El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15.13).

La esperanza del cielo hace para el mundo lo que la luz del sol hizo en el sótano de mi abuela. Debo a ella mi amor por las conservas de durazno. Ella las envasaba y las almacenaba en una bodega bajo tierra cerca de su casa en el oeste de Texas. Esta era un profundo hoyo con peldaños de madera, muros de madera, y un olor mustio. Como muchacho, yo acostumbraba a trepar, cerca de la puerta, y ver cuánto podía resistir la oscuridad. Ni aún un rayo de luz entraba en el hoyo bajo la tierra. Yo me sentaba silenciosamente, escuchando mi respiración y el ruido de mi corazón, hasta que no podía soportarlo y corría por la escalera y abría la puerta de un golpe. La luz entraba en la bodega. ¡Qué cambio! Momentos antes no podía ver nada, ahora podía ver todas las cosas.

Como cuando la luz entraba en la bodega, la esperanza de Dios entra en nuestro mundo. Sobre el enfermo, Él envía el rayo de curación. Para el afligido, da la promesa de reunión. Para el moribundo, prepara la llama de la resurrección. Al confundido, ofrece la luz de las Escrituras.

Dios da esperanza. Entonces ¿qué importa si alguien nació más delgado o más grueso, más claro o más oscuro que usted? ¿Por qué cuenta diplomas o compara currículos? ¿Qué problema hay si ellos tienen un lugar a la cabeza de la mesa? Usted tiene un lugar en la mesa de Dios. Y Él está llenando su copa para que rebose.

La copa rebosante era un símbolo bien descriptivo en los días de David. Los anfitriones en el antiguo oriente usaban esto para enviar un mensaje al huésped. Mientras que la copa se mantenía llena, el huésped sabía que era bienvenido. Pero cuando la copa estaba vacía, el anfitrión estaba insinuando que la hora no era conveniente. Sin embargo, en aquellas ocasiones en que el anfitrión gozaba realmente de la compañía de la persona, llenaba la copa hasta rebosar. No paraba cuando el vino llegaba al borde; se mantenía llenando la copa hasta que el líquido comenzaba a derramarse y caía en la mesa.

¿Ha notado usted cuán húmeda está su mesa? Dios desea que usted se quede; su copa rebosa de gozo. Rebosa de gracia. ¿No debería su corazón rebosar de gratitud?

El corazón de un niño lo hizo. No al principio. Inicialmente estaba lleno de envidia. Pero, con el tiempo, se llenó de gratitud.

Según la historia, vivía con su padre en un valle en la base de un gran dique. Todos los días el padre iba a trabajar a la montaña detrás de su casa y retornaba a casa con una carretilla llena de tierra. «Pon la tierra en los sacos, hijo», decía el padre. «Y amontónalos frente a la casa».

Si bien el niño obedecía, también se quejaba. Estaba cansado de la tierra. Estaba cansado de las bolsas. ¿Por qué su padre no le daba lo que otros padres dan a sus hijos? Ellos tenían juguetes y juegos; él tenía tierra. Cuando veía lo que los otros tenían, enloquecía. «Esto no es justo», se decía.
Y cuando veía a su padre, le reclamaba: «Ellos tienen diversión. Yo tengo tierra».
El padre sonreía y con sus brazos sobre los hombros del niño le decía: «Confía en mí, hijo. Estoy haciendo lo que más conviene».
Pero para el niño era duro confiar. Cada día el padre traía la carga. Cada día el niño llenaba las bolsas. «Amontónalas lo más alto que puedas», le decía el padre mientras iba por más. Y luego el niño llenaba las bolsas y las apilaba. Tan alto que no ya no podía mirar por encima de ellas.

«Trabaja duro, hijo», le dijo el padre un día, «el tiempo se nos acaba». Mientras hablaba, el padre miró al cielo oscurecido. El niño comenzó a mirar fijamente las nubes y se volvió para preguntarle al padre lo que significaban, pero al hacerlo sonó un trueno y el cielo se abrió. La lluvia cayó tan fuerte que escasamente podía ver a su padre a través del agua. «¡Sigue amontonando, hijo!» Y mientras lo hacía, el niño escuchó un fuerte estruendo.

El agua del río irrumpió a través del dique hacia la pequeña villa. En un momento la corriente barrió con todo en su camino, pero el dique de tierra dio al niño y al padre el tiempo que necesitaban. «Apúrate, hijo. Sígueme».

Corrieron hacia la montaña detrás de su casa y entraron a un túnel. En cuestión de momentos salieron al otro lado, huyeron a lo alto de la colina y llegaron a una nueva casita.

«Aquí estaremos a salvo», dijo el padre al niño.

Sólo entonces el hijo comprendió lo que el padre había hecho. Había provisto una salida. Antes que darle lo que deseaba, le dio lo que necesitaba. Le dio un pasaje seguro y un lugar seguro.

¿No nos ha dado lo mismo Nuestro Padre? ¿Un muro fuerte de gracia para protegernos? ¿Una salida segura para liberarnos? ¿De quién podríamos tener envidia? ¿Quién tiene más que nosotros? Antes que desear lo que otros tienen, ¿no deberíamos preguntarnos si tienen lo que nosotros tenemos? En vez de estar celosos de ellos ¿no es mejor sentir lástima de ellos? Por amor del cielo, tire los rifles y levante la copa. Hay suficiente para compartir.

Una cosa es cierta. Cuando venga la tormenta final, usted estará seguro en la casa de su Padre, y no echará de menos lo que Él no le dio. Estará maravillado de lo que le dio.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (155). Nashville: Caribe-Betania Editores.


Alabanza: Mi Copa Rebosa – Rocío Crooke

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
16
Sesión de mermelada
La carga de la envidia

Viaje hacia atrás

1. Celosamente fija la mira sobre quien tiene más.
A. Describa el tiempo cuando usted sintió celos de alguien. ¿Qué lo impulsó a los celos?
B. ¿Por qué la mayoría de nosotros desea «más»? ¿Qué nos impide estar satisfechos con lo que tenemos?
2. Si el enfoque en la disminución de nuestras cosas conduce a la envidia, ¿qué pasaría si nos concentrásemos en las cosas interminables? Si la conciencia de lo que no tenemos lleva a los celos, ¿es posible que la conciencia de nuestra abundancia nos guíe al contentamiento?
A. Conteste ambas preguntas anteriores.
B. Trate de detallar los «asuntos interminables» que usted posea. ¿Qué hay sobre su lista?
C. Trate de enumerar su «abundancia». ¿Qué le dice esto sobre la provisión de Dios?
3. Dios no es avaro con su gracia. Su copa podría estar baja en dinero o ropa, pero rebosa en misericordia. Usted podría no tener un estacionamiento de lujo, pero usted tiene suficiente perdón.
A. ¿Cuán a menudo usted pondera la gracia de Dios para con usted? ¿Y su misericordia?
B. ¿Cómo ha sido la gracia de Dios para con usted esta semana? ¿este mes? ¿este año?
4. Una cosa es cierta.Cuando venga la tormenta final, usted estará seguro en la casa de su Padre, usted no echará de menos lo que Él no le dio. Usted estará maravillado de lo que le dio.
A. Trate de imaginar el día que usted llegue seguro a la casa de su Padre. Mire alrededor. ¿Qué le ha dado a usted?
B. ¿Cómo puede el meditar sobre su futuro eterno con Dios ayudarle a usted a tratar con lo que existe hoy?
Viaje hacia arriba
1. Leer Proverbios 14.30; 23.17
A. ¿Con qué contrasta Proverbio 14.30 la envidia? ¿Qué significa esto?
B. ¿En qué manera los creyentes a veces envidian a los «pecadores» (Proverbios 23.17)?
C. ¿Qué significa «persevera en el temor del Señor»?
2. Leer Santiago 3.13–4.5
A. ¿Qué contrasta Santiago en el verso 13 con los «celos amargos» en el verso 14?
B. ¿De dónde viene la celos (v. 15)?
C. ¿Qué acompaña siempre a la celos (v. 16)?
D. ¿Qué cosas combaten y se disputan entre los hermanos espirituales (4.1)?
E. Dios mismo es mencionado en Santiago 4.5 por los «celos». ¿Cómo difiere esto de la celos humanos?
3. Leer Tito 3.3–7
A. ¿Cómo describe Pablo su vida antes del cristianismo (v. 3)? ¿Qué envidiaba?
B. ¿Cómo Dios nos libera de la envidia (vv. 4–5)?
C. ¿En qué magnitud Dios derrama su Santo Espíritu sobre nosotros (v. 6)? ¿Cómo Él influye para cortar la envidia de raíz?
D. ¿Cuál fue el propósito de Dios al salvarnos (v. 7)? ¿Cómo puede meditar sobre la verdadera destrucción de la envidia?
Viaje hacia adelante
1. Dibuje una línea en una hoja de papel, para crear dos columnas. Sobre el lado izquierdo, enumere en qué Dios lo ha suplido en abundancia y, si es posible, incluya una referencia de las Escrituras. Por ejemplo, en la columna izquierda usted podría escribir «yo lo deseaba, y ahora tengo mejor salud», y al frente de esto, en la columna derecha, usted podría decir «Dios me dará un cuerpo glorioso y eterno» (Filipenses 3.20–21).
2. Haga una cita para servir el almuerzo en un local de misiones. Trate de no programar su visita en día de gracias. Y esté agradecido por lo que Dios le ha dado.
Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (243). Nashville: Caribe-Betania Editores.
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Cap. 15: Oveja Resbalosa Y Heridas Sanadas

La Carga De La Desilusión

 

Unges mi cabeza con aceite
Salmo 23.5

El Des lo cambia todo. Con des, «obedecer» se convierte en «desobedecer». «Consideración» cambia a «desconsideración». Enganchar sería «desenganchar» y «gracia» se transformaría en «desgracia». Todo debido a «des».


Sería muy difícil hallar un trío de letras más potente. Y nos veríamos en aprietos para hallar un mejor ejemplo de su poder que la palabra ilusión.
A la mayoría nos gustan las ilusiones. El calendario de actividades en muchos sentidos es una ilusión. Nos gusta porque nos da un sentido de lo previsible en un mundo impredecible. En lo profundo sabemos que controlamos el futuro tanto como el furgón del equipaje controla el tren; sin embargo, el calendario nos da la ilusión de que lo controlamos.


La ilusión muchas veces se vuelve desilusión. Una desilusión es una ilusión frustrada. Lo que esperábamos que ocurriera, no ocurrió. Queríamos salud; obtuvimos enfermedad. Queríamos el retiro del empleo; conseguimos un traslado. El divorcio, en vez de familia. Despido, en vez de ascenso. ¿Y qué ahora? ¿Qué hacemos con nuestras desilusiones?


Podríamos hacer lo que hizo la señorita Haversham. ¿La recuerdan en Grandes expectativas de Charles Dickens? Su novio la dejó plantada exactamente antes de la boda. Su ilusión se convirtió en una ilusión perdida o desilusión. ¿Cómo reaccionó? No muy bien. Cerró todas las persianas de la casa, detuvo todos los relojes, dejó la torta de bodas sobre la mesa para que juntara telarañas, y siguió usando su vestido de bodas hasta que colgó raído y amarillento en torno a su encogido cuerpo. Su corazón herido le consumió la vida.


Nosotros podemos seguir el mismo rumbo.


O podemos seguir el ejemplo del apóstol Pablo. Su meta era ser misionero en España. Sin embargo, en vez de enviar a Pablo a España, Dios lo puso en prisión. Sentado en una cárcel romana, Pablo podría haber tomado la misma decisión que la señorita Haversham, pero no lo hizo. En cambio, dijo: «Mientras esté aquí voy a aprovechar y escribir algunas cartas». Por eso nuestra Biblia tiene las Epístolas a Filemón, a los Filipenses, a los Colosenses y a los Efesios. Nos hay dudas de que Pablo habría hecho una gran obra en España. Pero, ¿sería comparable con la obra de esas cuatro cartas?


Usted se ha sentado donde Pablo se sentó. Sé que sí. Usted estaba bien entusiasmado en su camino a España o a la universidad o al matrimonio o a su independencia … pero se presentó el despido o el embarazo o la enfermedad de sus padres. Y terminó encarcelado. Chao, España. Hola, Roma. Adiós ilusiones. Hola desilusión. Hola, tristeza.


¿Cómo se las arregló? Mejor, ¿cómo se las está arreglando? ¿Necesita alguna ayuda? Tengo exactamente lo que necesita. Cinco palabras en el versículo cinco del Salmo 23: «Unges mi cabeza con aceite».


¿No ve la conexión? ¿Qué tiene que ver un versículo sobre el aceite con las heridas que producen las desilusiones de la vida?
Una breve lección sobre ganadería puede ayudar. En el antiguo Israel los pastores usaban el aceite con tres propósitos: repeler los insectos, prevenir los conflictos y curar las heridas.


Los insectos fastidian a las personas, pero pueden matar a una oveja. Las moscas, mosquitos y otros insectos pueden convertir el verano en una tortura para el ganado. Por ejemplo, considérese las moscas de la nariz. Si logran depositar sus huevos en la membrana blanda de la nariz de la oveja, los huevos se convierten en larvas con forma de gusano que vuelven locas a las ovejas. Un pastor explica: «Para aliviar esta torturante molestia, la oveja deliberadamente golpea su cabeza contra los árboles, rocas, postes o arbusto … En casos extremos de intensas plagas, la oveja puede matarse en un esfuerzo frenético por hallar alivio».


Cuando aparece un enjambre de moscas de la nariz, las ovejas entran en pánico. Corren. Se esconden. Agitan la cabeza de arriba abajo durante horas. Se olvidan de comer. No pueden dormir. Los corderitos dejan de mamar y dejan de crecer. Todo el rebaño puede dispersarse y perecer por la presencia de unas pocas moscas.


Por esta razón el pastor unge a la oveja. Les cubre la cabeza con un repelente hecho de aceite. El olor del aceite impide que los insectos se acerquen y los animales permanecen en paz.
En paz hasta la estación del celo. La mayor parte del año las ovejas son animales tranquilos y pacíficos. Pero durante el celo, todo cambia. Los carneros se pavonean por el prado y doblan el cogote tratando de captar la atención de la nueva chica de la cuadra. Cuando el carnero capta su mirada, levanta la cabeza y dice: «Te quiero, nena». En esos momentos aparece el novio y le dice que vaya a un lugar seguro. «Es mejor que te vayas, cariño. Esto podría ponerse muy feo». Los dos carneros bajan la cabeza y ¡paf! Comienza una riña a topetazos, a la antigua. Para evitar las heridas, el pastor unge los carneros. Les esparce una sustancia resbalosa, grasienta, por la nariz y la cabeza. Este lubricante hace que sus cabezas se deslicen y no se hagan daño al golpearse.


De todos modos, la tendencia es a hacerse daño. Y esas heridas son la tercera razón por la que el pastor unge las ovejas. La mayoría de las heridas que el pastor cura son consecuencias de la vida en la pradera. Espinas que se encarnan, o heridas de rocas, o el haberse rascado en forma muy ruda contra el tronco de un árbol. Las ovejas se hieren. Por eso, el pastor regularmente, a veces diariamente, inspecciona las ovejas, en busca de cortes y magulladuras. No quiere que los cortes se agraven. No quiere que las heridas de hoy se conviertan en una infección mañana.


Dios tampoco. Como las ovejas, tenemos heridas, pero las nuestras son las heridas del corazón que producen las desilusiones. Si no tenemos cuidado, las heridas llevan a la amargura. Y como las ovejas, necesitamos tratamiento.

«Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado» (Salmo 100.3).


Las ovejas no son las únicas que necesitan cuidado preventivo ni las únicas que necesitan un toque sanador. Nosotros también nos irritamos unos contra otros, nos damos de cabezazos y quedamos heridos. Muchas de las desilusiones de la vida comienzan como irritaciones. La mayor porción de nuestros problemas no son de proporciones similares al ataque de un león, sino más bien del enjambre de frustraciones y quebrantos del día a día. No nos invitan a la fiesta. No nos incluyen en el equipo. No obtuvimos la beca. El jefe no toma nota de nuestro arduo trabajo. El marido no se da cuenta del traje nuevo de la esposa. El vecino no nota el desorden que tiene en el patio. Uno se siente más irritable, más melancólico, más … bueno, más herido.


Como la oveja, no duerme bien, no come bien. Y algunas veces hasta se golpea la cabeza contra un árbol.
O quizás se golpea la cabeza contra una persona. Es asombroso lo duros que podemos ser unos con otros. Algunas de nuestras heridas más profundas vienen de darnos topetazos con las personas.


Como en las ovejas, el resto de nuestras heridas vienen de vivir en la pradera. Sin embargo, la pradera de las ovejas es mucho más atractiva. Las ovejas tienen que sufrir heridas de espinas y arbustos. Nosotros tenemos que enfrentar el envejecimiento, las pérdidas y la enfermedad. Algunos enfrentan la traición y la injusticia. Viva lo suficiente en este mundo, y verá que la mayoría sufre profundas heridas de uno u otro tipo.


Como las ovejas, quedamos heridos. Como las ovejas, tenemos un pastor. ¿Recuerdan las palabras que leímos? «Él nos hizo … pueblo suyo somos, y ovejas de su prado» (Salmo 100.3). Él hará por nosotros lo que el pastor hace por sus ovejas. Él nos cuidará.


Si algo enseñan los Evangelios es que Jesús es el Buen Pastor. Jesús anuncia: «Yo soy el buen Pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10.11).


¿No derramó Jesús el aceite de la prevención sobre sus discípulos? Oró por ellos. Los equipó antes de mandarlos al mundo. Les reveló los secretos de las parábolas. Interrumpió sus discusiones y calmó sus temores. Porque es el buen Pastor, los protegió de las desilusiones.


No sólo previno las heridas; las sanó. Tocó los ojos del ciego. Tocó la enfermedad del leproso. Tocó el cuerpo de la niña muerta. Jesús cuida sus ovejas. Tocó el corazón inquisitivo de Nicodemo. Tocó el corazón abierto de Zaqueo. Tocó el corazón quebrantado de María Magdalena. Tocó el corazón confundido de Cleofas. Y tocó el soberbio corazón de Pablo y el corazón arrepentido de Pedro. Jesús cuida sus ovejas. Y le cuidará a usted.


Si usted se lo permite. ¿Cómo? ¿Cómo se lo permite? Los pasos son muy sencillos.


Primero, acuda a Él. David no podía confiar sus heridas a nadie sino a Dios. Dice: «Unges mi cabeza con aceite». No dice «tus profetas», «tus maestros» ni «tus consejeros». Otros pueden guiarnos a Dios. Otros pueden ayudarnos a entender a Dios. Pero nadie hace la obra de Dios, porque solo Dios puede sanar.


«Él sana a los quebrantados de corazón» (Salmo 147.3).


¿Ha llevado usted sus desilusiones a Dios? Las ha dado a conocer a sus vecinos, a sus familiares, a sus amigos. Pero, ¿las ha llevado a Dios? Santiago dice: «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración» (Santiago 5.13).
Antes de irse a cualquiera otra parte con sus desilusiones, vaya a Dios.


Quizás no quiera molestar a Dios con sus heridas. Después de todo Él ya tiene bastante con las hambrunas, las pestilencias y las guerras; no le interesan mis pequeñas luchas. ¿Por qué no deja que Él lo decida? Le importó tanto una boda que proveyó el vino. Le importó tanto el pago del tributo de Pedro que le dio la moneda. Le importó tanto la mujer junto al pozo que le dio respuestas. «Él tiene cuidado de vosotros» (1 Pedro 5.7).


Su primer paso es ir a la persona que corresponde. Vaya a Dios. Nuestro segundo paso es adoptar la postura correcta. Inclinémonos delante de Dios.
Para ser ungida, la oveja debía permanecer quieta, agachar la cabeza y dejar que el pastor hiciera su trabajo. Pedro nos exhorta: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo» (1 Pedro 5.6).


Cuando vamos a Dios hacemos peticiones; no hacemos exigencias. Vamos con elevadas esperanzas y un corazón humilde. Declaramos lo que necesitamos, pero oramos por lo que es justo. Y si Dios nos da la prisión romana en lugar de la misión en España, lo aceptamos porque sabemos que «¿acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?» (Lucas 18.7).


Vamos a Él. Nos inclinamos delante de Él y confiamos en Él.


La oveja no entiende por qué el aceite repele las moscas. La oveja no entiende cómo el aceite cura las heridas. En realidad lo único que sabe la oveja es que algo ocurre en la presencia del pastor. Y eso también es todo lo que necesitamos saber. «A ti, oh Señor, levantaré mi alma. Dios mío, en ti confío» (Salmo 25.2).


Ve.
Inclínate.
Confía.
Vale la pena intentarlo, ¿verdad?

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (145). Nashville: Caribe-Betania Editores.


Alabanza: Gracias Señor Jesús – Fernel Monroy

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
15
Oveja resbalosa y heridas sanadas
La carga de la desilusión
Viaje hacia adelante

1. Una desilusión es una ilusión frustrada. Lo que esperábamos que ocurriera, no ocurrió. Queríamos salud; obtuvimos enfermedad. Queríamos el retiro del empleo; conseguimos un traslado. El divorcio, en vez de familia. Despido, en vez de ascenso. ¿Y qué ahora? ¿Qué hacemos con nuestras desilusiones?

A. ¿Qué decepciones usted ha tenido que enfrentar recientemente?
B. ¿Qué hace usted con sus decepciones?

2. Como las ovejas, nosotros tenemos heridas, pero las nuestras son heridas del corazón que vienen de las desilusiones. Si no tenemos cuidado, las heridas llevan a la amargura. Y como las ovejas, necesitamos tratamiento.
A. ¿Cómo las repetidas decepciones conducen a la amargura?
B. ¿Qué tipos de cosas han hecho que usted se amargue? ¿Cómo trató usted con la amargura?
3. La mayor porción de nuestros problemas no son de proporciones similares al ataque de un león, sino más bien del enjambre de frustraciones y quebrantos del día a día.
A. ¿Qué cosas pequeñas de la vida tienden a frustrarlo más?
B. ¿Qué ayuda puede usted ofrecerle a alguien que esté quebrantado o con dolores del corazón?
4. Jesús cuida de sus ovejas. Y le cuidará a usted. Si usted se lo permite. ¿Cómo? ¿Cómo se lo permite? Los pasos son muy sencillos. Primero, acuda a Él. Segundo, asuma la postura correcta. Inclínese delante de Dios. Tercero, confíe en Él.
A. ¿Cómo puede usted «acudir a» Jesús? ¿Qué significa «acudir a» Él?
B. ¿Por qué es necesario «inclinarse» a Dios? ¿Qué significa esto?
C. ¿Qué quiere decir «confiar» en Dios? ¿Cómo hacemos eso, hablando prácticamente?
Viaje hacia arriba
1. Leer Salmo 22.2–5
A. ¿Qué decepción sufrió David en el verso 2? ¿Se ha sentido alguna vez así? Explique.
B. ¿Cómo combatió David sus decepciones en los versos 3–5?
C. ¿Cuál fue el resultado de la confianza de los ancestros descrita en los versos 4–5? ¿Cómo nos anima a nosotros?
D. Considere que este es el Salmo que Jesús citó cuando colgaba en la cruz. ¿Qué piensa usted que el Salmo le enseñó sobre la decepción?
2. Leer Romanos 5.1–5
A. ¿Cómo nosotros ganamos paz con Dios (v. 1)?
B. ¿Qué beneficio nos da esta paz (v. 2)? ¿Cómo debería esto hacernos sentir?
C. ¿Qué relación tiene el esperar (vv. 3–5)?
D. ¿Por qué la esperanza no nos decepciona (v. 5)? ¿Cómo los problemas del día a día nos afectan?
3. Leer Salmo 147.1–3
A. ¿Cómo trataron los israelitas con sus decepciones (v. 1)?
B. ¿Qué ánimo da Dios a su pueblo en el verso 3?
C. ¿Cómo piensa usted que Dios cura los corazones rotos? ¿Qué ha hecho Dios en su vida?
Viaje hacia adelante
1. Haga una lista de sus decepciones más grandes en la vida. Escríbalas. Luego tome cada una, y presénteselas a Dios en oración. Nómbreselas explícitamente, una por una.
2. Haga un nuevo compromiso para involucrarse en una oración regular. Tómese el tiempo. Busque un lugar. Establezca un periodo específico. Prepare una lista de asuntos y agradecimientos para llevar a Dios, luego hágalo.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (240). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Cap. 14: El Gallo Cantor Y Yo

La Carga De La Vergüenza

Aderezas mesa delante de mi en presencia de mis angustiadores
Salmo 23.5

Ve a ese individuo amparado en las sombras? Es Pedro. Pedro el apóstol. Pedro el impetuoso. Pedro el apasionado. Una vez caminó sobre las aguas. Salió del bote y pisó el agua del lago. Pronto le predicará a millares. Osado ante amigos y enemigos por igual. Pero el que caminó sobre las aguas esa noche se ha apresurado a esconderse. El que será un poderoso predicador llora de dolor.


No gimotea ni lloriquea, sino llora. Llora a gritos. Con el rostro barbado hundido entre las manos. El eco de su llanto traspasa la noche de Jerusalén. ¿Qué duele más? ¿Haberlo hecho o que hubiera jurado que jamás lo haría?


«Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte», había prometido apenas unas horas antes. Y Jesús le dijo: «Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces» (Lucas 22.33–34).


Negar a Cristo la noche que fue entregado era de por sí bastante malo, pero ¿tenía que jactarse que no lo negaría? Una negación era lamentable, pero ¿tres veces? Tres negaciones eran horribles, pero ¿tenía que maldecir? «Comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre» (Mateo 26.74).


Y ahora, sumergido en un torbellino de pesar, Pedro se esconde. Pedro llora. Y pronto se irá a pescar.


Nos preguntamos por qué se fue a pescar. Sabemos la razón de su regreso a Galilea. Se le había dicho que el Cristo resucitado se reuniría allí con sus discípulos. El lugar señalado para el encuentro no era el mar, sino una montaña (Mateo 28.16). Si los seguidores iban a reunirse con Jesús en la montaña, ¿qué hacen en un bote? Nadie les dijo que pescaran, pero eso fue lo que hicieron. «Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo» (Juan 21.3).

 

Además, ¿no había dejado Pedro de pescar? Dos años antes, cuando Jesús lo llamó a pescar hombres, ¿no dejó su red y le siguió? Desde entonces no le hemos visto pescar. Nunca le hemos visto pescar de nuevo. ¿Por qué va a pescar ahora? ¡Especialmente ahora! Jesús ha resucitado de entre los muertos. Pedro ha visto la tumba vacía. ¿Quién puede pescar en una ocasión como esta?


¿Tenían hambre? Quizás eso era todo. Es posible que la expedición naciera por el impulso de estómagos vacíos.


O quizás haya nacido de corazones quebrantados.


Pedro no podía negar su negación. La tumba vacía no borró el canto del gallo. Cristo había regresado, pero Pedro se preguntaba, debe de haberse preguntado: «Después de lo que hice, ¿volvería Él por alguien como yo?»
Nosotros nos hemos preguntado lo mismo. ¿Es Pedro la única persona que ha hecho lo que prometió que no haría jamás?


«¡Basta de infidelidades!»
«De ahora en adelante voy a poner freno a mi lengua».
«No más tratos oscuros. He aprendido la lección».


¡Qué volumen el de nuestra jactancia! ¡Qué quebranto el de nuestra vergüenza!


En vez de resistir el coqueteo, lo correspondemos.
En vez de desoír el chisme, lo difundimos.
En vez de apegarnos a la verdad, la escondemos.


El gallo canta, y la convicción de pecado nos taladra, y Pedro halla un compañero en las sombras. Lloramos como Pedro lloró, y hacemos lo que Pedro hizo. Nos vamos a pescar. Volvemos a nuestra vida antigua. Volvemos a nuestras prácticas de antes que conociéramos a Jesús. Hacemos lo que viene en forma natural, en vez de hacer lo que viene en forma espiritual. Y dudamos que Jesús tenga un lugar para tipos como nosotros.


Jesús responde la pregunta. La responde por usted y por mí, y por todo el que tiende a salirse como Pedro. Su respuesta llegó junto al mar como un regalo para Pedro. ¿Sabe qué hizo Jesús? ¿Partió las aguas? ¿Convirtió los botes en oro y las redes en plata? No. Hizo algo mucho más significativo. Invitó a Pedro a tomar desayuno. Jesús lo preparó.


Por cierto, el desayuno fue un momento especial entre los varios de esa mañana. Estuvo la gran pesca y el reconocimiento de Jesús. La zambullida de Pedro y el chapoteo de los discípulos. Y en un momento llegaron a la playa y Jesús estaba junto al fuego. Los pescados chirriaban en la sartén y el pan esperaba; aquel que derrotó al infierno y es el rey de los cielos invitó a sus amigos a sentarse a comer.


Nadie podía haber estado más agradecido que Pedro. El que había sido zarandeado como trigo por Satanás comía pan de la mano de Dios. Pedro fue invitado a la comida de Cristo. Allí mismo, para que el diablo y sus tentadores lo vieran, Jesús «aderezó mesa en presencia de sus angustiadores».


Quizás Pedro no lo dijo con estas palabras, pero David sí. «Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores» (Salmo 23.5). Lo que el pastor hizo por las ovejas se parece mucho a lo que Jesús hizo por Pedro.


En este punto del salmo, la mente de David parece estar en las tierras altas con sus ovejas. Después de haber guiado al rebaño a través del valle hacia las empinadas tierras en busca de un pasto más verde, recuerda la responsabilidad adicional del pastor. Debe preparar el pasto.


Esta es tierra nueva, de modo que el pastor debe ser cuidadoso. Idealmente la pradera para pastar debe ser llana, una meseta o altiplanicie. El pastor ubica las plantas ponzoñosas y busca abundante agua. Se fija si hay señales de lobos, coyotes y osos.


El pastor se preocupa especialmente de la víbora, una pequeña culebra marrón que vive bajo tierra. Se sabe que esa víbora salta repentinamente de su agujero y muerde a la oveja en la nariz. La mordida suele infectarse y puede matar. Como defensa contra ella, el pastor derrama aceite formando un círculo alrededor de la cueva de la víbora. También aplica el aceite en las narices de los animales. El aceite en la cueva de la víbora lubrica la salida y evita que la víbora salga. El olor del aceite en la nariz de las ovejas repele a la víbora. El pastor, en un sentido muy real, ha preparado la mesa.


¿Y si su Pastor hizo por usted lo que el pastor hace por su rebaño? Supongamos que Él ya enfrentó a su enemigo, el diablo, y ha preparado para usted un lugar seguro para comer. ¿Y si Jesús hizo por usted lo que hizo por Pedro? ¿Suponía Pedro que, en la hora de su fracaso, le iba a invitar a cenar?
¿Qué diría usted si le dijera que es exactamente eso lo que Cristo hizo? La noche antes de su muerte, preparó una mesa para sus seguidores.


El primer día de los panes sin levadura, el día que sacrificaban los corderos para la cena pascual, los discípulos de Jesús le preguntaron «¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la pascua?»


Entonces Jesús envió a dos de ellos con estas instrucciones: «Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle, y donde entrare, decid al señor de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento dónde he de comer la pascua con mis discípulos? Y él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad para nosotros allí» (Marcos 14.12–15).


Fíjese quién hizo los «preparativos». Jesús reservó el gran aposento e hizo los arreglos para que el guía condujese a los discípulos. Jesús se aseguró que la habitación estuviese preparada y pronta la comida. ¿Qué hicieron los discípulos? Cumplieron fielmente y comieron.


El Pastor preparó la mesa.

No sólo eso: enfrentó las víboras. Usted recordará que uno solo de los discípulos no completó la cena esa noche. «El diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase» (Juan 13.2). Judas comenzó a comer, pero Jesús no lo dejó terminar. Por orden de Jesús, Judas salió de la habitación. «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto … cuando él, pues, hubo tomado el bocado, luego salió; y ya era de noche» (Juan 13.27, 30).


Hay algo dinámico en esta salida. Jesús preparó mesa en la presencia del enemigo. Permitió que Judas viera la cena, pero no le permitió quedarse.
No eres bien recibido. Esta mesa es para mis hijos. Puedes tentarlos. Puedes ponerles tropiezos. Pero nunca te sentarás con ellos. Mucho nos ama.


Si quedase alguna duda, en el caso de que hubiera algunos «Pedros» que se preguntan si habrá lugar en la mesa para ellos, Jesús les da un tierno recordatorio cuando pasa la copa: «Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados» (Mateo 26.27–28).


«Bebed de ella todos». Los que se sienten indignos, beban. Los que se sienten avergonzados, beban. Los que se sienten confundidos, beban.


Voy a contarles de una ocasión en que sentí las tres cosas.


Cuando tenía dieciocho años iba bien encaminado a tener problemas con la bebida. Mi sistema se había hecho tan resistente al alcohol que media docena de cervezas tenían poco o ningún impacto sobre mí. A los veinte años Dios no sólo me salvó del infierno después de esta vida, sino también del infierno en esta vida. Sólo Él sabe hacia dónde me dirigía, pero me imagino lo que sería.


Por esa razón una parte de mi decisión de seguir a Cristo incluyó no beber más cerveza. Así que la dejé. Pero, curiosamente, nunca se me acabó el apetito por la cerveza. No me ha obsesionado ni consumido, pero un par de veces en la semana me seduce el pensamiento de una buena cerveza. Prueba de que tengo que ser cuidadoso es esta: las cervezas no alcohólicas no me atraen. No es el sabor de la bebida; es el aquello de tomarla. Pero por más de veinte años, la bebida nunca ha sido un problema de importancia para mí.


Sin embargo, hace un par de años casi llega a ser un problema. Bajé un poco la guardia. Una cerveza con el asado no me va a dañar. Después ocurrió con comida mexicana. Y luego una o dos veces sin ninguna comida. Por un período de unos dos meses estuve fluctuando entre nada de cerveza y no sería malo una o dos por semana. Para la mayoría de las personas eso no es un problema, pero para mí podía serlo.


¿Saben cuándo comencé a oler el peligro? Una cálida tarde de un día viernes iba de viaje para hablar en un retiro anual de varones. ¿Dije que el día estaba cálido? ¡Brutalmente cálido! Tenía sed. La soda fue como no haber tomado nada. Entonces comencé a conspirar. ¿Dónde podría comprar una cerveza sin que me viera un conocido?


Al pensar así, crucé la línea. Lo que se hace en secreto es mejor no hacerlo. Pero de todos modos lo hice. Busqué una tienda fuera del camino, estacioné y esperé hasta que salieron todos los clientes. Entré, compré la cerveza, la puse apegada a mi costado, y me apresure a subirme al auto.


Entonces fue cuando cantó el gallo. Cantó porque yo estaba haciendo algo en forma furtiva. Cantó porque yo sabía lo bueno. Cantó porque, y esto realmente duele, la noche anterior había reprendido duramente a una de mis hijas por tener secretos para mí. Y ahora, ¿qué estaba haciendo yo?


Arrojé la cerveza al basurero y le pedí a Dios que me perdonara. Pocos días después confesé mi lucha a los ancianos y a algunos miembros de la congregación y me sentí feliz de anotar una experiencia y seguir adelante.


Pero no pude. La vergüenza me atormentaba. ¡Mire que hacer yo tal cosa! A tantos pude herir por mi estupidez. Y ¡qué momento para hacerlo! Mientras viajaba a ministrar la palabra en un retiro. ¡Qué hipocresía!


Sentía que era un pobre diablo. El perdón había entrado en mi cabeza, pero el elevador destinado a bajarlo hasta el corazón tenía un desperfecto.
Para empeorar las cosas, llegó el domingo. Me encontré en la primera fila de la iglesia en espera de mi turno para hablar. Había sido sincero con Dios, sincero con los ancianos y sincero conmigo mismo. Pero todavía luchaba. ¿Querría Dios que un tipo como yo predicara su Palabra?


La respuesta llegó en la Cena del Señor. El mismo Jesús que había preparado una cena para Pedro había preparado una para mí. El mismo Pastor que había triunfado sobre el diablo, triunfó nuevamente. El mismo Salvador que había encendido una fogata en la playa avivó unas pocas ascuas en mi corazón.
«Bebed de ella todos». Y lo hice. Se siente bien al estar otra vez en la mesa.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (135). Nashville: Caribe-Betania Editores.


Alabanza: Lo Hiciste Por Amor – Gadiel Espinoza

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
14
El gallo cantor y yo
La carga de la vergüenza
Viaje hacia atrás
1. Nosotros nos hemos preguntado lo mismo. ¿Es Pedro la única persona que ha hecho lo que prometió que no haría jamás? «¡La infidelidad está detrás de mí!» «De ahora en adelante voy a poner freno a mi lengua». «No más tratos oscuros. He aprendido la lección». ¡Qué volumen el de nuestra jactancia! ¡Qué quebranto el de nuestra vergüenza!

A. Describa el tiempo cuando usted siguió el ejemplo de Pedro e hizo todas las cosas que usted prometió que nunca haría, ¿qué pasó?
B. ¿Por qué usted piensa que nosotros nos empeñamos en tan necia jactancia? ¿Qué pensamos nosotros que ganaremos?

2. Lloramos como Pedro lloró, y hacemos lo que Pedro hizo. Nos vamos a pescar. Volvemos a nuestra vida antigua. Volvemos a nuestras prácticas de antes que conociéramos a Jesús. Hacemos lo que viene en forma natural, en vez de hacer lo que viene en forma espiritual. Y dudamos que Jesús tenga un lugar para tipos como nosotros.

A. ¿Usted alguna vez a «vuelto a pescar» o vuelto a sus prácticas antes de Jesús, después de un fracaso espiritual? Si es así, ¿Cómo se sintió usted en ese tiempo?
B. ¿Por qué preguntamos si Jesús tiene un lugar para la gente como nosotros? ¿Usted se ha sentido alguna de esa manera? Explique.

3. Jesús preparó mesa en la presencia del enemigo. Permitió que Judas viera la cena, pero no le permitió quedarse. No eres bienvenido. Esta mesa es para mis hijos. Puedes tentarlos. Puedes ponerles tropiezos. Pero nunca te sentarás con ellos. Así tanto nos ama.

A. ¿Por qué piensa usted que Jesús permitió a Judas ver la cena? ¿Por qué no lo aisló ante la reunión de los discípulos?
B. ¿Qué significa para usted personalmente la cena del Señor? ¿Qué pasa por su mente durante el servicio?

4. El mismo Jesús que había preparado una cena para Pedro había preparado una para mí. El mismo Pastor que había triunfado sobre el diablo, triunfó nuevamente. El mismo Salvador que había encendido una fogata en la playa avivó unas pocas ascuas en mi corazón. «Bebed de ella todos». Y lo hice. Se siente bien al estar otra vez en la mesa.

A. ¿Por qué piensa usted que Jesús preparó alimento para Pedro, quien lo negó, pero no para Judas, quien lo traicionó? ¿Cuál fue la diferencia?
B. ¿Cómo las historias de Pedro y Max muestran el verdadero arrepentimiento? ¿Cómo Jesús siempre responde al verdadero arrepentimiento? ¿Por qué es importante comprender esto?
Viaje hacia arriba
1. Leer Joel 2.25–27
A. ¿Qué promesa hace Dios para su pueblo que se arrepiente (v. 25)?
B. ¿Por qué piensa usted que Dios dice dos veces en los versos 26–27 que su pueblo nunca será avergonzado otra vez? ¿Por qué Dios cuida de librarnos de la vergüenza?
2. Leer 2 Timoteo 2.15–16
A. ¿Qué instrucción es dada en el verso 15? ¿Cómo puede usted cumplir con esta orden?
B. ¿Cómo podemos nosotros evitar ser avergonzados, de acuerdo al verso 15?
C. ¿Cómo continúa el verso 16 para decirnos cómo evitar ser avergonzados?
3. Leer Hebreos 12.2–3
A. ¿Qué nos instruye a hacer el verso 2? ¿Cómo puede esto mantenernos lejos de ser avergonzados?
B. ¿Cómo Jesús reaccionó a la vergüenza de la cruz? ¿Por qué la cruz era una vergüenza?
C. ¿Cómo somos nosotros beneficiados del ejemplo de Jesús en la cruz?
Viaje hacia adelante
1. Piense en la historia de Max y cómo la vergüenza lo mantuvo lejos de Dios. Sea honesto con usted mismo, y pregúntese si usted está tratando con alguna cosa similar. Si es así, siga el ejemplo de valentía de Max, y admita estas «cosas vergonzosas» para un confiable y buen amigo. Rompa el poder de ellas sobre usted a través de confesarlas y abandonarlas, y esté agradecido con la mesa del Señor una vez más.

2. Si usted tiene la oportunidad, asista a una conferencia o programa preparado por alguien que pueda explicar el significado mesiánico de esta antigua comida hebrea. Enriquezca su apreciación de la cena del Señor.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (236). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Cap. 13: Noches Silenciosas Y Días Solitarios

La Carga De La Soledad

Tú estarás conmigo
Salmo 23.4

Un amigo mío trabajaba en una farmacia mientras estudiaba en la Universidad de Texas. Su trabajo consistía en hacer entregas en algunos hogares de ancianos en la zona de Austin. Una tarea adicional era un breve viaje a una puerta vecina.

Cada cuatro días se echaba al hombro una gran botella de agua y la llevaba más o menos cincuenta pasos a un edificio detrás de la farmacia. La cliente era una anciana de unos setenta años que vivía sola en una habitación oscura, con escasos muebles y falta de aseo. Del cielo raso colgaba una bombilla. El empapelado estaba manchado y roto. Las cortinas cerradas, y la habitación se veía lúgubre. Steve dejaba el agua, recibía el pago, daba gracias a la señora y salía. Con el transcurso del tiempo comenzó a sentirse extrañado por esa compra. Supo que la mujer no tenía otra fuente de agua. Dependía de su entrega para lavar, bañarse y beber durante cuatro días. Extraña elección. El agua municipal era más barata. La ciudad le hubiera facturado de doce a quince dólares mensuales; sin embargo, su pedido en la farmacia alcanzaba cincuenta dólares al mes. ¿Por qué no eligió el aprovisionamiento más barato?

La respuesta estaba en el sistema de entrega. Sí, el agua municipal costaba menos. Pero la ciudad enviaba solamente el agua; no enviaba una persona. Ella prefería pagar más y ver un ser humano que pagar menos y no ver a nadie.

¿Cómo puede alguien estar tan solo?

Parece que David también. Algunos de sus salmos tienen el sentimiento de una encina solitaria en una pradera invernal.

Escribió:
Mírame, y ten misericordia de mí,
Porque estoy solo y afligido (Salmo 25.16).

Me he consumido a fuerza de gemir;
Todas las noches inundo de llanto mi lecho.
Riego mi cama con mis lágrimas.
Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido
(Salmo 6.6–7).

David sabía lo que es sentirse solo … traicionado.

Cuando ellos enfermaron, me vestí de cilicio;
Afligí con ayuno mi alma,
Y mi oración se volvía a mi seno.
Como por mi compañero, como por mi hermano andaba;
Como el que trae luto por madre, enlutado me humillaba.
Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron;
Se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía;
Me despedazaban sin descanso;
Como lisonjeros, escarnecedores y truhanes,
Crujieron contra mí sus dientes.
Señor, ¿hasta cuándo verás esto? (Salmo 35.13–17).

David sabía lo que era sentir la soledad.

La conoció en su familia. Era uno de los ocho hijos de Isaí. Pero cuando Samuel pidió ver a los hijos de Isaí, nadie tomó en cuenta a David. El profeta contó y preguntó si había otro hijo en alguna parte. Isaí reaccionó como alguien que olvida las llaves. «Queda aún el menor, que apacienta las ovejas» (1 Samuel 16.11).

La expresión que usó Isaí, «el menor», no era un cumplido. Lo que dijo literalmente era: «También tengo otro, pero es un mocoso». Algunos de ustedes fueron el mequetrefe de la familia. Al mequetrefe hay que aguantarlo y no perderlo de vista. Ese día pasaron por alto al muchacho. ¿Cómo se sentiría usted si en una reunión de la familia no estuviera incluido su nombre?

Las cosas no mejoraron cuado cambió de familia.

Su inclusión en la familia real fue idea del rey Saúl. Su exclusión fue idea de Saúl también. Si no se agacha, David habría quedado clavado a la pared por la espada del celoso rey. Pero David eludió el golpe, y corrió. Durante diez años huyó. Se refugió en el desierto. Dormía en cuevas, sobrevivía como los animales salvajes. Lo odiaban y perseguían como a un chacal.

Para David la soledad no era una experiencia ajena.

Para usted tampoco. Ahora usted habrá aprendido que no tiene que estar solo para sentir la soledad. Hace dos mil años, la población de la tierra era de 250 millones de personas. Ahora hay más de 5 mil millones. Si la soledad se curara con la presencia de personas, habría menos soledad en la actualidad.
Pero la soledad permanece.

Muy al principio de mi ministerio dije en la oración del culto matinal: «Gracias, Señor, por todos nuestros amigos. Tenemos tantos, que no podemos dedicar tiempo a todos ellos». Terminado el culto, un exitoso hombre de negocios me corrigió: «Quizás usted tenga más amigos que los que puede ver. No es mi caso. Yo no tengo ni siquiera un amigo». Una persona puede estar rodeada de una iglesia y todavía sentirse solo.

La soledad no es la ausencia de rostros. Es la ausencia de intimidad. La soledad no proviene de estar solo; proviene de sentirse solo. Sentir como si usted estuviera

enfrentando la muerte solo,
enfrentando la enfermedad solo,
enfrentando el futuro solo.

Sea que ocurra en su cama durante la noche o mientras se dirige al hospital, en el silencio de una casa vacía o en medio de un bar muy concurrido, la soledad se presenta cuando uno piensa: Me siento tan solo. ¿Le importa a alguien?

Las bolsas de la soledad se presentan en todas partes. Están diseminadas en los pisos de los internados estudiantiles y en los clubes. Las arrastramos hasta las fiestas y generalmente las llevamos de regreso. Las encontrará junto al escritorio del agotado trabajador, junto a la mesa del comilón, y en la mesa de noche del que encuentra compañía por una noche solamente. Probamos cualquier cosa para tratar de dejar nuestra soledad. Esta es una bolsa que queremos dejar muy pronto.

Pero, ¿deberíamos hacerlo? ¿Debemos estar prontos a desecharla? En vez de apartarnos de la soledad, ¿qué tal si nos volvemos hacia ella? ¿Podría ser que la soledad fuera no una maldición sino un regalo? ¿Un regalo de Dios?

Un momentito, Max. No puede ser. La soledad agobia mi corazón. La soledad me deja vacío y deprimido. La soledad es cualquier cosa, menos un regalo.
Quizás tenga razón, pero sígame por un momento. Me pregunto si la soledad no será la forma de Dios de llamar nuestra atención.

Esto es lo que quiero decir. Suponga que pide prestado el auto a un amigo. La radio no funciona, pero sí el aparato de discos compactos. Usted revisa la colección en busca de su estilo de música, digamos, música del campo. Pero no encuentra nada. Él tiene sólo el estilo que a él le agrada: música clásica.

Es un viaje largo. Y usted puede conversar consigo mismo sólo por un rato. Entonces al fin toma un disco compacto. Le gustaría guitarra, pero sólo encuentra tenores. Al principio es tolerable. Luego saturan el aire. Pero finalmente puede disfrutar de ello. Su corazón capta el ritmo de los timbales, en su cabeza vibran los cellos, y aun se sorprende intentando un concierto italiano. «Esto no está tan malo».

Ahora, permítame preguntarle. ¿Habría descubierto esto por sí mismo? No. ¿Qué lo llevó a ello? ¿Qué hizo que usted escuchara música que nunca antes le había interesado? Sencillo. No le quedaba otra opción. No tenía otro lugar donde ir. Finalmente, cuando el silencio era tan imponente, usted decidió escuchar una canción que nunca había escuchado.

¡Cuánto desea Dios que usted escuche su música!

Tiene un ritmo que correrá por su corazón y una lírica que le conmoverá hasta las lágrimas. ¿Quiere un viaje hasta las estrellas? Él le puede llevar hasta allá. ¿Quiere acostarse en paz? Su música puede apaciguar su alma.
Pero primero, tiene que librarse de esa música campesina. (Perdón. Es sólo un ejemplo).

Así es que comienza a revisar los discos compactos. Un amigo se va. El trabajo se pone malo. Su esposa no lo entiende. La iglesia es aburrida. Una por una va quitando las opciones hasta que lo único que le queda es Dios.
¿Haría Dios eso? Claro que sí. «El Señor al que ama, disciplina» (Hebreos 12.6). Si es necesario silenciar todas las voces, Dios lo hará. Quiere que usted oiga su música. Quiere que usted descubra lo que descubrió David y sea capaz de decir lo que David dijo:

«Tú estarás conmigo».

Sí, Señor, tú estás en los cielos. Sí, tú gobiernas el universo. Sí, te sientas por sobre las estrellas y haces tu hogar en lo profundo. Pero sí, sí, sí, tú estarás conmigo.

El Señor está conmigo. El Creador está conmigo. El SEÑOR está conmigo.
Moisés lo proclamó: «¿Qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está el SEÑOR nuestro Dios en todo cuanto le pedimos?» (Deuteronomio 4.7).

Pablo lo anunció: «No está lejos de cada uno de nosotros» (Hechos 17.27).

Y David lo descubrió: «Tú estás conmigo».

En algún lugar en la pradera, en el desierto o en el palacio, David descubrió que Dios hablaba en serio cuando dijo:
«No te dejaré» (Génesis 28.15).
«No dejaré a mi pueblo» (1 Reyes 6.13).
«No abandonará El SEÑOR a su pueblo» (Salmo 94.14).
«El SEÑOR tu Dios … no te dejará, ni te desamparará» (Deuteronomio 31.6).

El descubrimiento de David es el mensaje de la Biblia: El SEÑOR está con nosotros. Y, puesto que el Señor está cerca, todo es diferente. ¡Todo!
Puede enfrentar la muerte, pero no está solo al enfrentarla; el Señor está con usted. Puede enfrentar el desempleo, pero no está solo al enfrentarlo; el Señor está con usted. Puede enfrentar graves luchas matrimoniales, pero no está solo al enfrentarlas; el Señor está con usted. Puede enfrentar deudas, pero no está solo al enfrentarlas; el Señor está con usted.

Subraye estas palabras: No está solo.

La familia se le puede volver en contra, pero Dios no. Sus amigos lo pueden traicionar, pero Dios no. Puede sentirse solo en el desierto, pero no está solo. Él está a su lado. Y dado que Él está, todo es diferente. Usted es diferente.
Dios cambia la situación. Usted pasa de ser un solitario a ser amado.

Cuando uno sabe que Dios lo ama, no se va a desesperar porque no tiene el amor de otros.

Ya no será un hambriento comprador que entra al mercado. ¿Ha ido alguna vez a comprar al mercado con el estomago vacío? Compra todo lo que no necesita. No importa si es bueno para usted. Sólo quiere llenarse la barriga. Cuando usted está solo, hace lo mismo en la vida, y saca cosas de la estantería, no porque las necesite, sino porque tiene hambre de amor.

¿Por qué lo hacemos? Porque estamos solos para enfrentar la vida. Por temor de no caer bien, tomamos drogas. Por temor de no destacarnos, usamos cierta clase de ropa. Por temor de parecer poca cosa, nos endeudamos y compramos una casa. Por temor de pasar inadvertidos, nos vestimos para seducir o para impresionar. Por temor de dormir solos, dormimos con cualquiera. Por temor de no ser amados, buscamos amor en lugares malos.
Pero todo eso cambia cuando descubrimos el perfecto amor de Dios. «El perfecto amor echa fuera el temor»(1 Juan 4.18).

La soledad. ¿Podría ser la soledad uno de los mejores dones de Dios? Si una temporada de soledad es la manera de Dios de enseñarle a oír su canción, ¿no cree que vale la pena?

Así lo creo yo.

 

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (125). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Alabanza: No Estamos Solos – Rut Mixter

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
13
Noches silenciosas y días solitarios
La carga de la soledad

Viaje hacia atrás

1. Ahora usted habrá aprendido que no tiene que estar solo para sentir la soledad.
A. ¿Cuál es la diferencia entre estar solo y sentirse solo?
B. ¿Usted evita estar solo? Explique.
C. ¿Cuán a menudo, en una semana normal, usted diría que se sintió solo?

2. La soledad no es la ausencia de rostros. Es la ausencia de intimidad. La soledad no proviene de estar solo; proviene de sentirse solo.
A. ¿Cómo definiría usted la intimidad no sexual? ¿Con cuántos amigos puede usted hablar íntimamente? ¿Usted está satisfecho con este número? Explique.
B. ¿Cómo trata usted con la soledad? ¿Cuando usted siente soledad qué hace?

3. Podría ser que la soledad fuera no una maldición sino un don? ¿Un Don de Dios? … Me pregunto si la soledad no será la forma de Dios de llamar nuestra atención.
A. ¿Usted está de acuerdo en que la soledad puede ser un regalo de Dios? Explique.
B. ¿Por qué podría Dios desear tener nuestra atención a través de la soledad? ¿Para qué podría Él desear llamar nuestra atención?
4. Dios cambia la situación. Usted pasa de ser un solitario a ser amado.Cuando usted sabe que Dios lo ama, no se va a desesperar porque no tiene el amor de otros.
A. ¿Cómo lo asegura el amor de Dios para usted, personalmente, cambia algunas cosas?
B. ¿El conocimiento del amor de Dios elimina la necesidad de amigos íntimos? Explique.
C. ¿Cuál es la diferencia entre desear el amor de otros y estar desesperado por éste?
Viajar hacia arriba
1. Leer Salmo 88
A. ¿Cómo describiría usted al hombre que escribió este Salmo?
B. ¿Por qué piensa usted que Dios incluyó este Salmo en la Biblia?
C. ¿Se ha sentido alguna vez como el salmista lo hizo en el verso 13–14? Explique.
D. Muchos de los Salmos no finalizan como lo hace éste (v. 18). ¿Por qué usted piensa que éste finaliza como lo hace? ¿Es confortable para usted? Explique.
2. Leer Deuteronomio 31.6–8
A. ¿Qué ordena Dios a los Israelitas en el verso 6? ¿Qué ánimo Él les da a ellos?
B. ¿Por qué supone usted que Moisés repite a Josué tanto la orden como el aliento en los versos 7–8? ¿Qué le sugiere esto a usted sobre tratar con sus propios temores?
3. Leer Juan 14.16–18; Mateo 28.16–20
A. ¿Qué ruego dijo Jesús que Él haría al Padre en Juan 14.16?
B. ¿Qué promesa hizo Jesús en Juan 14.18? ¿Cómo es completada esta promesa hoy?
C. ¿Cómo podemos nosotros tomar valor de las palabras de Jesús en Mateo 28.18?
D. ¿Qué ánimo podemos nosotros obtener de las palabras finales de Jesús en Mateo 28.20? ¿Está usted considerando esta promesa? ¿Por qué o por qué no?
Viaje hacia adelante
1. Examine su agenda, y encuentre un día entero en que usted pueda planear estar solamente usted y Dios. Vaya a un retiro, un lugar solitario, un lugar en el bosque, algún lugar donde usted pueda permanecer un tiempo a solas. Lleve su Biblia, y no haga otros planes más que permanecer el día a solas con Dios.
2. Trate de tener un grupo de sus amigos creyentes juntos, y de permanecer unas pocas horas visitando a algunos de los enfermos de la iglesia, en sus casas o en sus centros de cuidado. Alivie su soledad por un momento.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (233). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Cap. 12: Del Pánico A La Paz

la-carga-del-temorLa Carga Del Temor

No temeré mal alguno
Salmo 23.4

Es la expresión de Jesús lo que nos asombra. Nunca hemos visto su rostro en esta forma.

Jesús sonriente, sí.

Jesús llorando, nunca.

Jesús severo, aun eso.

Pero ¿Jesús angustiado? ¿Con las mejillas surcadas de lágrimas? ¿Con el rostro bañado en sudor? ¿Con gotas de sangre corriendo por su barbilla?

Usted recuerda esa noche.

Jesús salió de la ciudad y fue al Monte de los Olivos, como solía hacerlo, y sus seguidores fueron con Él. Cuando llegó al lugar, les dijo: «Orad que no entréis en tentación».

Luego se alejó como a un tiro de piedra de ellos. Se arrodilló y oró: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces apareció un ángel del cielo que lo confortaba. Lleno de dolor, Jesús oraba más intensamente. Su sudor era como gotas de sangre que caían en tierra (Lucas 22.39–44).

La Biblia que yo tenía en mi niñez tenía un cuadro de Jesús en el huerto de Getsemaní. Su rostro era apacible, y tenía las manos juntas en serena calma mientras, arrodillado junto a una roca, oraba. Se veía sereno. Una lectura de los Evangelios nos aparta de esa imagen. Marcos dice: «Se postró en tierra» (Marcos 14.35).

Mateo nos dice que Jesús «comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera» (Mateo 26.37). Según Lucas, Jesús estaba en «agonía» (Lucas 22.44).

Armado de estos pasajes, ¿cómo pintaría esta escena? ¿Jesús tendido en tierra? ¿Con el rostro en el polvo? ¿Con los brazos extendidos, arrancando pasto? ¿El cuerpo que sube y baja en sollozos? ¿El rostro torcido, deformado como los olivos que le rodeaban?

¿Qué hacemos con esta imagen de Jesús?

Simple. Nos volvemos a ella cuando nos sentimos igual. Leemos esto cuando nos sentimos así; leemos esto cuando tenemos miedo. Porque, ¿no era el temor una de las emociones que Jesús sintió? Se podría argumentar que el temor era la emoción primaria. Veía en el futuro algo tan feroz, tan aprensivo que oró por un cambio de planes. «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lucas 22.42)

¿Qué es lo que nos hace presentar la misma oración? ¿El subir a un avión? ¿Enfrentar una multitud? ¿Hablar en público? ¿Tomar un trabajo? ¿Tomar un cónyuge? ¿Conducir por la autopista? La fuente de su temor puede parecerle pequeña a otros. Pero a usted, le enfría los pies, le hace saltar el corazón y le lleva la sangre al rostro. Eso le pasó a Jesús.

Tenía tanto miedo que sangró. Los médicos describen esta condición como hematohidrosis. La ansiedad grave provoca que se liberen elementos químicos que rompen los capilares en las glándulas sudoríficas. Cuando ocurre esto, el sudor sale teñido con sangre.

Jesús estaba más que ansioso; tenía miedo. El miedo es el hermano mayor de la preocupación. Si la preocupación es una bolsa de arpillera, el temor es un baúl de concreto. No se puede mover.

Es notable que Jesús sintiera tal temor. Pero qué bondad la suya al contárnoslo. Nosotros tendemos a hacer lo contrario. Disfrazamos nuestros miedos. Los ocultamos. Ponemos las manos sudorosas en los bolsillos, la náusea y la boca seca las mantenemos en secreto. Jesús no lo hizo así. No vemos una máscara de fortaleza. Escuchamos una petición de fortaleza.

«Padre, si es tu voluntad, quita esta copa de sufrimiento». El primero en oír este temor es el Padre. Pudiera haber acudido a su madre. Podría haber confiado en sus discípulos. Podría haber convocado una reunión de oración. Todo podría ser apropiado, pero ninguna otra cosa era su prioridad. Se dirigió primero a su Padre.

Ah, ¡qué tendencia la nuestra de acudir a cualquiera! Primero al bar, al consejero, al libro de autoayuda o al vecino amigo. Jesús no. El primero en oír su temor fue su Padre en los cielos.

Mil años antes, David exhorta a los temerosos que hagan lo mismo. «No temeré mal alguno». ¿Cómo podía David hacer tal afirmación? Porque sabía dónde poner los ojos. «Tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

En vez de volverse a las demás ovejas, David se volvió al Pastor. En vez de mirar los problemas, miró la vara y el cayado. Por cuanto sabía a dónde mirar, podía decir: «No temeré mal alguno».

Conozco a alguien que le tenía miedo a la gente. Cuando estaba rodeado por grandes grupos, su aliento se le cortaba, afloraba el pánico y comenzaba a sudar como un luchador de sumo en un sauna. Curiosamente, lo ayudó un compañero de golf.

Estaban los dos en un cine esperando su turno para entrar, cuando lo acosó nuevamente el temor. La gente lo rodeaba como un bosque. Quería escapar y pronto. Su amigo le dijo que respirara hondo. Luego le ayudó a manejar la crisis recordándole la cancha de golf.

«Cuando vas a golpear la pelota para sacarla de la hierba alta, y estás rodeado de árboles, ¿qué haces?»

«Busco un claro»
«¿Miras los árboles?»
«Por supuesto que no. Busco un claro y me preocupo de tirar la bola por ese lugar».
«Haz lo mismo con la gente. Cuando sientas pánico, no te fijes en la gente, fíjate en el claro».
Buen consejo en el golf. Buen consejo para la vida. En vez de concentrarse en el temor, concentrarse en la solución.

Eso fue lo que Jesús hizo.

Eso fue lo que David hizo.

Eso es lo que nos exhorta a hacer el autor de Hebreos. «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12.1–2).

El autor de Hebreos no era golfista, pero podía haber sido un corredor, porque habla de uno que corre y de un precursor. El precursor es Jesús, «el autor y consumador de la fe». Él es el autor: es quien escribió el libro de la salvación. Y es el consumador: no sólo preparó el mapa, sino que hizo resplandecer el sendero. Él es el precursor, nosotros corremos detrás. Mientras corremos se nos exhorta a fijar los ojos en Jesús.

Yo corro. La mayor parte de las mañanas me arrastro fuera de la cama y ¡a la calle! No corro rápido. Y en comparación con los maratonistas, no voy lejos. Pero corro. Corro porque no me gustan los cardiólogos. Nada personal. Pero es que precisamente yo provengo de una familia que los mantiene en el negocio. Uno le dijo a papá que necesitaba retirarse. Otro le abrió el pecho a mamá y a mi hermano. Me gustaría ser el primer miembro de la familia que no tiene el número del cirujano del corazón en su lista de emergencias.

Puesto que la enfermedad del corazón recorre mi familia, yo recorro mi barrio. Cuando el sol sale, estoy corriendo. Mientras corro mi cuerpo gime. No quiere cooperar. Me duele la rodilla. Tengo la cadera rígida. Los talones se quejan. A veces los que pasan se ríen de mis piernas, y mi ego queda dolorido.

Las cosas duelen. Como las cosas duelen, he aprendido que tengo tres opciones. Volver a casa (Denalyn se reiría de mí). Meditar en mis dolores hasta que comience a imaginar que me duele el pecho (pensamiento placentero). O puedo seguir corriendo y contemplar la salida del sol. Mi ruta se dirige al oriente y me da un asiento en primera fila para el milagro matutino de Dios. Cuando veo que el mundo de Dios pasa de oscuro a dorado, ¿saben qué? Lo mismo ocurre en mi actitud. El dolor pasa y las articulaciones se relajan, y antes de darme cuenta, la carrera ha pasado de la mitad y la vida no es tan mala. Todo mejora cuando pongo los ojos en el sol.

¿No consistía en eso el consejo de Hebreos? «Puestos los ojos en Jesús». ¿Cuál era el enfoque de David? «Tú estarás conmigo, tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

¿Cómo soportó Jesús el terror de la crucifixión? Primero fue al Padre con sus temores. Fue ejemplo de las palabras del Salmo 56.3: «En el día que temo, yo en ti confío».

Haga lo mismo con sus temores. No eluda los huertos de Getsemaní de la vida. Entre en ellos. Pero no entre solo. Mientras esté allí, sea honesto. Se permite golpear el suelo. Se permiten las lágrimas. Y si su sudor se convierte en sangre, no será usted el primero. Haga lo que Jesús hizo: abra su corazón.
Y sea específico. Jesús lo fue. «Pasa esta copa», oró. Dígale a Dios el número de su vuelo. Cuéntele la longitud de su discurso. Déle a conocer los detalles del cambio de trabajo. Él tiene mucho tiempo. También tiene mucha compasión.

Él no piensa que sus temores son necios o vanos. No le dirá «Anímate», ni «Mantente firme». Él ya pasó por eso. Sabe cómo se siente.

Él sabe lo que usted necesita. Por eso condicionamos la oración como Jesús lo hizo: «Si quieres … »

¿Quería Dios? Sí y no. No le quitó la cruz, pero le quitó el temor. Dios no acalló la tempestad, tranquilizó a los marinos.

¿Quién dice que no hará lo mismo por usted?

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4.6).

No mida la altura de la montaña; hable a aquel que la puede mover. En vez de llevar el mundo a sus espaldas, háblele al que sostiene el universo en las suyas. Tener esperanza es mirar hacia adelante.

Ahora bien, ¿hacia dónde estaba usted mirando?

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (117). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Alabanza: Yo No Temeré – Alex Campos

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
12
Del pánico a la paz
La carga del temor
Viaje hacia atrás
1. ¿Jesús tendido en tierra? ¿Con el rostro en el polvo? ¿Con los brazos extendidos, arrancando pasto? ¿El cuerpo que sube y baja en sollozos? ¿El rostro torcido, deformado como los olivos que le rodeaban? ¿Qué hacemos con esta imagen de Jesús? Simple. Nos volvemos a ella cuando nos sentimos igual.
A. Describa la última vez que usted se sintió de la manera en que Jesús es descrito.
B. ¿Cómo nos ayuda esto para saber lo que Jesús sintió al estar de esta manera?
2. Cuando sientas pánico, no te fijes en la gente, fíjate en el claro. Buen consejo en el golf. Buen consejo para la vida. En vez de concentrarse en el temor, concentrarse en la solución.
A. ¿Qué tipo de situación a usted más le atemoriza?
B. Cuando usted se enfrenta a uno de esos sucesos atemorizantes, ¿cómo puede usted «centrarse en la salida»? ¿Qué «solución» puede usted visualizar?
3. No eluda los huertos de Getsemaní de la vida. Entre en ellos. Pero no entre solo. Mientras esté allí, sea honesto. Se permite golpear el suelo. Se permiten las lágrimas. Y si su sudor se convierte en sangre, no será usted el primero. Haga lo que Jesús hizo: abra su corazón.
A. ¿Cómo tratamos nosotros de evitar los huertos de Getsemaní de la vida? Describa la última vez que usted trató de evitar uno.
B. ¿Es fácil o difícil para usted expresar emociones como estas? Explique.
4. No midas la altura de la montaña; habla a aquel que la puede mover. En vez de llevar el mundo a tus espaldas, háblale al que sostiene el universo en las suyas. La esperanza es mirar hacia adelante.
A. ¿Cómo a menudo nosotros tratamos de «medir la altura de la montaña»? ¿Por qué es una mala idea?
B. ¿Qué es esperar a «mirar a la distancia»? ¿Cómo puede la oración ayudar a restaurar nuestra esperanza? ¿Ayuda ésta a restaurar la de usted? Explique.
Viaje hacia arriba
1. Leer Salmo 56.3–4
A. ¿Cómo trata el salmista con sus propios temores? ¿Usted sigue su ejemplo? Explique.
B. ¿Por qué el salmista no es temeroso del «hombre mortal» (v. 4)? ¿Es esta una declaración de ignorancia o alguna cosa más? Explique.
2. Leer Isaías 41.10–14
A. ¿Por qué Dios le dice a Israel que no tema (v. 10)?
B. ¿Qué promesas hace Dios en los versos 11–12?
C. ¿Qué razón da Dios para su promesa en el verso 13?
D. ¿Qué orden y qué promesa da Dios en el verso 14? ¿Cómo puede su palabra animarlo a usted hoy?
3. Leer 1 Juan 4.16–19
A. ¿En qué deberíamos nosotros confiar cuando estamos asustados (v. 16)?
B. ¿Cómo describe Juan a Dios en el verso 16? ¿Qué diferencia hace esto?
C. ¿Cómo podemos nosotros tener «confianza para el día del juicio» (v. 17)?
D. ¿Qué antídoto para el temor nos da Juan en el verso 18? ¿Cómo trabaja este antídoto?
E. ¿Cómo podemos compartir este antídoto? ¿Cómo podemos mostrar que nosotros tenemos realmente el antídoto?
Viaje hacia adelante
1. En su diario escriba sobre la vez en que usted tuvo experiencias como las del «huerto». Explique que situación le llevó a usted allí, cómo se sintió, qué oraciones usted oró, y cómo Dios lo ministró.
2. Lea el Libro de los mártires de Fox para ver cómo muchos de los santos escogidos de Dios vencieron sus temores aún cuando ellos enfrentaron la muerte.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (230). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Cap. 11: Cuando Llega El Dolor

la-carga-de-la-tristezaLa Carga De La Tristeza

Aunque ande en valle de sombra de muerte…
Salmo 23.4

Carlos Andrés Baisdon-Niño estaba acostado con su libro favorito de historias bíblicas. Desde la primera página lo hojeó hasta el final. Cuando hubo terminado, lanzó un beso de buenas noches a mamá y papá, a sus tres «niñas», y luego uno a Papá Dios.

Cerró los ojos, se entregó al sueño y despertó en el cielo.

Carlos tenía tres años.

Cuando sus padres, Tim y Betsa, y yo nos reunimos para programar el funeral, querían que yo viera un video de Carlos. «Debiera verlo bailando», me dijo Tim. Una mirada me bastó para entender por qué. La forma en que el pequeño Carlos llevaba el ritmo de una canción latina no se puede describir con palabras. Se estremecía de arriba a abajo. Movía los pies, balanceaba los brazos, hacía oscilar la cabeza. Daba la impresión que el ritmo cardiaco había subido para estar a la altura de su nativo pulso colombiano.

Nos reímos; los tres reímos. En la risa, por sólo un momento, Carlos estuvo con nosotros. Por un momento no hubo leucemia, jeringas, sábanas ni quimioterapia. No hubo lápida que esculpir ni sepultura que cavar. Sólo estaba Carlos. Y Carlos estaba bailando.

Pero cuando se detuvo el video, se detuvo también la risa. El papá y la mamá reiniciaron su lento caminar por el valle de sombra de muerte.

¿Está pasando usted por la misma sombra? ¿Sostienen este libro las mismas manos que tocaron el rostro helado de un amigo? Los ojos que recorren estas páginas, ¿contemplaron también el cuerpo sin aliento de un marido, una esposa o un hijo? ¿Va usted por el valle? Si no, este capítulo puede parecer innecesario. Siéntase libre de avanzar; aquí estará cuando lo necesite.

Sin embargo, si es así, debe saber que el bolso negro de la tristeza es difícil de llevar.

Es difícil de cargar porque no todos entienden su pesar. Al principio sí. En el funeral. Junto al sepulcro. Pero no ahora; no entienden que la tristeza permanece.

Tan silenciosamente como una nube se interpone entre usted y el sol de la tarde, los recuerdos se deslizan entre usted y el gozo, y lo dejan en una sombra helada. No hay advertencia; no hay aviso. Basta el olor de la colonia que usaba o un verso de una canción que le gustaba, y usted está otra vez en la triste despedida.

¿Por qué la tristeza no se aparta de usted?

Porque sepultó más que una persona. Sepultó algo de usted mismo. John Donne dijo: «La muerte de cualquier hombre me disminuye». Es como si la raza humana residiera en un gran trampolín. Cuando uno se mueve, todos lo sienten, y mientras más cercana la relación, más emotiva es la partida.

Cuando alguien que usted ama muere, se siente muy afectado.

Le afecta los sueños.

Hace algunos años, mi esposa y yo prestábamos servicio con otros misioneros en Río de Janeiro, Brasil. Nuestro grupo estaba formado por varias parejas jóvenes que, por estar lejos de nuestra tierra, nos hicimos muy íntimos. Nos regocijamos enormemente cuando dos miembros de nuestro grupo, Marty y Ángela anunciaron que esperaban su primer hijo.

Sin embargo, el embarazo fue difícil, y el gozo dio paso a la preocupación. A Ángela se le indicó que debía permanecer en cama, y se nos pidió que permaneciésemos en oración. Lo hicimos. El Señor nos respondió, aunque no como deseábamos. El bebé murió en la matriz.

Nunca he podido olvidar el comentario de Marty: «Murió algo más que un bebé, Max. Murió un sueño».

¿Por qué permanece la tristeza? Porque usted trata con algo más que recuerdos: usted lucha con mañanas no vividos aún. No sólo está luchando contra la tristeza: lucha contra la desilusión. Lucha contra la ira.

Puede estar en la superficie. Puede ir por dentro. Puede ser una llama. Puede ser un soplete. Pero la ira vive en la casa del dolor. Ira por sí mismo. Ira por la vida. Ira por los militares, por el hospital o por el sistema de carreteras. Pero por sobre todo, ira por Dios. Ira que asume la forma de una pregunta de dos palabras breves: ¿Por qué? ¿Por qué él? ¿Por qué ella? ¿Por qué a nosotros?

Usted y yo sabemos que no podemos responder esa pregunta. Sólo Dios sabe las razones que hay detrás de sus acciones. Pero hay una verdad clave sobre la cual podemos permanecer.

Nuestro Dios es un Dios bueno.

«Bueno y recto es El SEÑOR» (Salmo 25.8).

«Gustad, y ved que es bueno es El SEÑOR» (Salmo 34.8).

Dios es un Dios bueno. Aquí es donde debemos empezar. Aunque no entendamos sus acciones, podemos confiar en su corazón.

Dios sólo hace lo bueno. Pero, ¿cómo puede ser buena la muerte? Algunos dolientes no hacen esta pregunta. Cuando la cantidad de los años ha superado la calidad de los años, no preguntamos cómo puede ser buena la muerte.

Pero el padre de la adolescente muerta pregunta. La viuda de treinta años pregunta. Los padres de Carlitos también. Mis amigos en Río también lanzan la pregunta. ¿Cómo puede ser buena la muerte? Parte de la respuesta puede hallarse en Isaías 57.1–2: «Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo. Entrará en la paz, descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios».

La muerte es el método de Dios para sacar del mal a la gente. ¿De qué clase de mal? ¿Una enfermedad extensa? ¿Una adicción? ¿Una tenebrosa ocasión para la rebelión? No sabemos, pero sí sabemos que ninguna persona vive un día más ni un día menos de lo establecido por Dios. «En tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Salmo 139.16).

Pero sus días fueron tan pocos …

Su vida fue tan breve …

Así nos parece a nosotros. Hablamos de una vida breve, pero en comparación con la eternidad, ¿quién tiene una vida larga? Los días de vida de una persona en la tierra pueden parecer como una gota en el océano. Los suyos y los míos parecen una gotita. Pero en comparación con el Pacífico de la eternidad, aun los años de Matusalén no alcanzan a llenar una copita. Santiago no habla sólo a los jóvenes cuando dice: «¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Stg 4.14).

En el plan de Dios, cada vida es suficientemente larga y cada muerte ocurre en el momento oportuno. Aunque usted y yo pudiéramos desear una vida más larga, Dios sabe mejor las cosas.

Y, esto es importante, aunque usted y yo quisiéramos una vida más larga para nuestros seres amados, ellos no. Irónicamente, el primero que acepta la decisión de Dios acerca de la muerte es el que muere.

Mientras todavía movemos la cabeza sin creer lo que ha ocurrido, ellos elevan sus manos en adoración. Mientras lloramos junto al sepulcro, ellos están maravillados en el cielo. Mientras lanzamos preguntas a Dios, ellos lo están alabando.

Pero, Max, ¿qué de los que mueren sin fe? Mi marido nunca oró. Mi abuelo nunca asistió a un culto. Mi madre nunca abrió una Biblia, y mucho menos su corazón. ¿Qué del que nunca creyó?

¿Cómo sabemos que no creyó?

¿Quién entre nosotros conoce los pensamientos finales de una persona? ¿Quién entre nosotros sabe lo que ocurre en los momentos finales? ¿Estás seguro que no oró? La eternidad puede doblar la rodilla más soberbia. ¿Podría alguien mirar el inmenso abismo de la muerte sin murmurar una oración pidiendo misericordia? Y nuestro Dios, que favorece al humilde, ¿podría resistirlo?

No pudo en el Calvario. La confesión del ladrón en la cruz fue la primera y la última. Pero Cristo la escuchó. Cristo la aceptó. Quizás usted nunca haya oído que su ser amado confiesa a Cristo, pero, ¿quién asegura que Cristo no le haya oído?

No conocemos los pensamientos finales de un alma moribunda, pero esto sabemos: Sabemos que Dios es bueno. Dios «es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3.9). Más que usted mismo, Dios desea que sus seres queridos estén en el cielo. Y Él generalmente obtiene lo que desea.

¿Sabe qué más desea Dios? Desea que hagamos frente a nuestros pesares. Ni la negación ni la subestimación son parte de la terapia divina para el dolor.

David pasó por esto. Cuando se enteró de la muerte de Saúl y Jonatán, David y todo el ejército rasgaron sus vestiduras, lloraron a gritos, y ayunaron hasta la puesta del sol. Su lamento fue intenso y público. «Montes de Gilboa, ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros», lloró, «ni seáis tierra de ofrendas … Saúl y Jonatán, amados y queridos; inseparables en su vida, tampoco en su muerte fueron separados. Más ligeros eran que águilas, más fuertes que leones» (2 Samuel 1.21–23).

David no sólo cantó esta elegía, sino que «dijo que debía enseñarse a los hijos de Judá» (v. 18). A la muerte no se le resta importancia, ni se pasa por alto. Enfréntela, luche contra ella, cuestiónela o condénela, pero no la niegue. Como dijo su hijo Salomón: Es «tiempo de llorar» (Eclesiastés 3.4). No oiga, pero perdone a quienes lo exhortan a no llorar.

Dios le guiará a través, no alrededor, del valle de sombra de muerte. Y, de paso, ¿no le da alegría que sea sólo una sombra?

El Dr. Donald Grey Barnhouse cuenta de la ocasión en que murió su primera esposa. Él y sus hijos regresaban a casa desde el funeral, vencidos por el dolor. Buscaba una palabra de consuelo para hablarles, pero no pudo pensar en nada. Entonces un camión con un furgón grande los adelantó. Cuando pasó, la sombra del camión cubrió el auto. El Dr. Barnhouse tuvo una inspiración. Se volvió hacia su familia y preguntó: «Hijos, preferirían ser atropellados por un camión o por su sombra?»

Los niños respondieron: «Por supuesto, papá, preferiríamos que nos atropellara su sombra. Una sombra no podría lastimarnos».

El Dr. Barnhouse explicó: «¿Saben que hace dos mil años el camión de la muerte atropelló al Señor Jesús … para que sólo su sombra nos atropellara a nosotros?»

Nosotros enfrentamos la muerte, pero gracias a Jesús, sólo enfrentamos su sombra. Gracias a Jesús creemos que nuestros seres queridos son felices y que los pequeños Carlitos del mundo están danzando como nunca antes.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (107). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Alabanza: Bendito Eres Dios – Kristy Motta

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
11
Cuando llega el dolor
La carga de la tristeza.
Viaje hacia atrás
1. El bolso negro de la tristeza es difícil de llevar. Es difícil de cargar porque no todos entienden su pesar. Al principio sí. En el funeral. Junto al sepulcro. Pero no ahora; no entienden. La tristeza permanece.
A. ¿Cómo trata usted con la pena personalmente?
B. ¿Cómo podemos nosotros ayudar a alguien que al estar en aflicción no irá muy lejos?
2. Sólo Dios sabe las razones que hay detrás de sus acciones. Pero hay una verdad clave sobre la cual podemos permanecer. Nuestro Dios es un Dios bueno.
A. ¿Por qué piensa usted que Dios, pocas veces «explica» sus acciones en nuestras vidas?
B. ¿Cómo ha experimentado usted personalmente que Dios es un Dios bueno?
3. La muerte es el método de Dios para sacar del mal a la gente. ¿De qué clase de mal? ¿Una enfermedad extensa? ¿Una adicción? ¿Una tenebrosa ocasión para la rebelión? No sabemos, pero sí sabemos que ninguna persona vive un día más o un día menos de lo establecido por Dios.
A. ¿Ha pensado alguna vez sobre la muerte de este modo? ¿Cuál es el modo de Dios de llevarse a las personas lejos de la maldad? ¿Cómo responde usted a esta idea?
B. ¿Cómo puede la idea de la soberanía de Dios confortar en tiempo de muerte? ¿Cómo puede la doctrina ser usada para aumentar el dolor de alguien?
4. Dios le guiará a través, no alrededor, del valle de sombra de muerte. Y, de paso, ¿no le da alegría que sea sólo una sombra?
A. Si Dios realmente nos ama, ¿por qué Él no nos conduce alrededor del valle de sombra y de muerte? ¿Por qué nos guía a través de éste?
B. ¿Es la muerte meramente una sombra para usted? Explique.
Viaje hacia arriba
1. Leer Lamentaciones 3.31–33
A. ¿Cómo puede el verso 31 darle a usted esperanza cuando usted se encuentre sumergido en su propia aflicción?
B. ¿Qué aprende usted sobre Dios en el verso 32?
C. ¿Por qué es importante que Dios aunque no «voluntariamente» nos traiga aflicción (v. 33)? ¿Por qué Él nos trae aflicción en todo?
2. Leer Juan 16.20–22
A. ¿Cuáles fueron las dos promesas que Jesús dio a sus discípulos en el verso 20?
B. ¿Qué ilustración usó Jesús en el verso 21 para describir sus promesas del verso 20? ¿Qué podemos aprender nosotros de esta ilustración?
C. ¿Qué promesa hizo Jesús en el verso 22? ¿Cómo es cierta esta promesa? ¿Sobre qué está basada? ¿Cómo puede ésta ayudarnos hoy en día cuando usted se ve frente a la aflicción?
3. Leer 1 Pedro 1.3–9
A. ¿Qué gran bendición describe Pedro en los versos 3–4? ¿Usted comparte esta bendición? Explique.
B. ¿Qué tipo de protección se nos promete en el verso 5?
C. ¿La genuina fidelidad nos exime de la aflicción (v. 6)? ¿Por qué? o ¿Por qué no?
D. ¿Cómo los sufrimientos y las aflicciones traen crisis a la vida cristiana (v. 7)?
E. ¿Qué bendición viene a aquellos que creen en Cristo (v. 8)?
F. ¿Qué bendición trae la fe a aquellos que la ejercitan (v. 9)?
Viaje hacia adelante
1. Entreviste a alguien que usted conozca para que le dote en el arte de confortar a los afligidos. Busque a alguien a quien otros soliciten en tiempo de pérdida. Pregúntele qué hace en esos tiempos. ¿Qué aprendió?
2. Haga un estudio bíblico sobre las palabras lágrimas y llanto. ¿Qué aprendió?

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (227). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Cap. 10: Te Llevaré Al Hogar

la-carga-del-sepulcroLa Carga Del Sepulcro

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento…
Salmo 23.4

Es verano en la antigua Palestina. Una lanuda manada de cabezas inclinadas sigue al pastor que sale por la puerta. El sol matinal apenas se asoma sobre el horizonte, y él ya va guiando su rebaño. Como en los demás días, lo guía hacia las praderas. Pero a diferencia de los demás días, el pastor no regresará esta noche. No se acostará en su cama, y las ovejas no dormirán en su redil. Es el día en que el pastor lleva a las ovejas a las partes altas de la región. Hoy lleva su rebaño a las montañas.

No tiene opción. El pastoreo de la primavera ha dejado desnudo el suelo, de modo que debe buscar nuevos campos. Sin otra compañía que la de sus ovejas, y sin otro deseo que su bienestar, las guía a los densos pastos de las laderas de las montañas. Estarán durante semanas, quizás meses. Estarán hasta bien entrado el otoño, hasta que el pasto se haya acabado y el frío se haga insoportable.

No todos los pastores hacen este viaje. Es largo. El sendero es peligroso. Las plantas ponzoñosas pueden infectar el rebaño. Los animales salvajes pueden atacar al rebaño. Hay senderos estrechos y valles tenebrosos. Algunos pastores prefieren la seguridad de las desprovistas praderas de abajo.

Pero el buen pastor no se conforma con eso. Conoce el camino. Ha recorrido esta senda muchas veces. Además, está preparado, cayado en mano y la vara atada a su cintura. Con su cayado empuja suavemente el rebaño; con su vara los protegerá y guiará. Los conducirá hacia la montaña.

David sabía de este peregrinaje anual. Antes de guiar a Israel, guiaba ovejas. ¿Podría ese tiempo como pastor haber inspirado uno de los grandes versículos de la Biblia? «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmo 23.4).

Porque lo que el pastor hace por su rebaño, nuestro Pastor lo hará por nosotros. Nos conducirá a las altas montañas. Cuando el pasto escasee aquí abajo, Dios nos conducirá hacia allá. Nos hará pasar la puerta, nos llevará a través de los valles y luego por el sendero de la montaña.

Pero, como escribe un pastor:

Cada montaña tiene sus valles. Sus lados están marcados por profundas quebradas, barrancos y otros accidentes. Y la mejor ruta hacia la cumbre siempre es través de estos valles.

Todo pastor familiarizado con las tierras altas lo sabe. Conduce su rebaño con cuidado, pero en forma persistente por el sendero serpenteante hacia arriba a través de oscuros valles.

Algún día nuestro Pastor hará lo mismo con nosotros. Nos llevará hacia los montes a través del camino del valle. Nos guiará hasta su hogar a través del valle de sombra de muerte.

Hace muchos años, cuando vivía en Miami, la oficina de nuestra iglesia recibió una llamada de una funeraria cercana. Un hombre había identificado el cadáver de un indigente como el de su hermano y quería un culto fúnebre. No conocía ningún ministro en el sector. ¿Podíamos nosotros decir algunas palabras? El pastor y yo accedimos. Cuando llegamos, el hermano del muerto había seleccionado un versículo de una Biblia en castellano: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmo 23.4).

Necesitaba la seguridad de que, aunque su hermano había vivido solo, no había muerto solo. Y para tener esa seguridad había recurrido a este versículo. Usted probablemente hubiera hecho lo mismo.

Si ha asistido a un culto fúnebre, habrá oído estas palabras. Si ha caminado por un cementerio, seguramente las ha leído. Se citan en las tumbas de pobres y se hallan esculpidas en lápidas de reyes. Los que no conocen nada de la Biblia, conocen esto, por lo menos. Los que nunca mencionan las Escrituras pueden recordar este versículo, el del valle, las sombras y el pastor.

¿Por qué? ¿Por qué son tan apreciadas estas palabras? ¿Por qué es tan querido este versículo? Puedo pensar en un par de razones. En virtud de este salmo, David nos recuerda dos cosas importantes que pueden ayudarnos a vencer el temor del sepulcro.

Todos tenemos que enfrentarlo. En una vida marcada por citas con el doctor, citas con el dentista y citas con la escuela, hay una cita que ninguno de nosotros podrá eludir: la cita con la muerte. «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (Hebreos 9.27). ¡A cuántos les gustaría cambiar este versículo! Bastaría con cambiar un par de palabritas: «Para algunos de los hombres … », o «Casi todos, menos yo … », o «Todo el que deja de comer bien y de tomar vitaminas debe morir … » Pero esas no son las palabras de Dios. En su plan todos deben morir, aun los que comen bien y se toman sus vitaminas.

Yo podría haber dejado pasar el día sin recordarle eso. Hacemos todo lo posible por no abordar el tema. Un sabio, sin embargo, nos exhorta a enfrentar de lleno la realidad: «Aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón» (Eclesiastés 7.2). Salomón no fomenta una obsesión mórbida con la muerte. Nos recuerda que debemos ser sinceros en cuanto a lo inevitable.

Moisés dio la misma exhortación. En el único salmo atribuido a su pluma, oró: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90.12).

El sabio tiene en cuenta la brevedad de la vida. El ejercicio puede darnos unos pocos latidos más. La medicina puede concedernos algunos respiros más. Pero a la postre, hay un fin. La mejor manera de enfrentar la vida es ser sincero acerca de la muerte.

David lo fue. Es cierto que dio muerte a Goliat, pero no se hizo ilusión alguna en cuanto eludir al gigante de la muerte. Aunque su primer recordatorio nos hace ser cautos, su segundo recordatorio nos anima: No tenemos que enfrentar solos la muerte.

No pase por alto el desplazamiento en el vocabulario de David. Hasta este punto, usted y yo hemos sido la audiencia y Dios ha sido el tema. «El SEÑOR es mi pastor». «Me hará descansar». «Junto a aguas de reposo me pastoreará». «Confortará mi alma». «Me guiará por sendas de justicia». En los tres primeros versículos, David nos habla y Dios escucha.

Pero repentinamente, en el versículo cuatro, David habla a Dios y nosotros escuchamos. Es como si el rostro de David, hasta ahora dirigido hacia nosotros, ahora se levantara hacia Dios. Su poema se convierte en oración. En lugar de hablarnos a nosotros, le habla al Buen Pastor. «Estarás conmigo; tu vara y tu cayado, me infundirán aliento».

El mensaje implícito de David es sutil pero de gran importancia. No enfrentes la muerte sin enfrentar a Dios. Ni siquiera hables de muerte sin hablarle a Dios. Él y sólo Él puede guiarte a través del valle. Otros pueden especular o aspirar, pero sólo Dios sabe el camino para llevarte a su hogar. Sólo Dios está comprometido a llevarte hasta allá a salvo.

Años después que David escribió estas palabras, otro Pastor de Belén diría: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14.2–3).

Nótese la promesa de Jesús: «Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo». Promete llevarnos al hogar. No delega esa tarea. Puede enviar misioneros que te enseñen, ángeles que te protejan, maestros que te guíen, cantores que te inspiren y médicos que te curen, pero no envía a otro para que te lleve. Esa tarea la reserva para sí mismo. «Vendré otra vez, y os tomaré conmigo». Él es su Pastor personal. Es personalmente responsable de llevarlo al hogar. Dado que Él está presente cuando muere alguna de sus ovejas, podemos decir lo que dijo David: «No temeré mal alguno».

Cuando mis hijas eran menores, pasamos muchas tardes disfrutando juntos la piscina. Como todos nosotros, tuvieron que vencer sus temores para nadar. Uno de los últimos temores que enfrentaron fue el temor a la profundidad. Una cosa es nadar en la superficie; otra es zambullirse hasta el fondo. ¿Quién sabe que clase de dragones y serpientes habitan las profundidades de una piscina de unos pocos metros cuadrados? Usted y yo sabemos que no hay mal que temer, pero una niña de seis años no lo sabe. Un niño siente hacia las profundidades lo mismo que usted y yo sentimos ante la muerte. No estamos seguros de lo que nos espera.

Yo no quería que mis hijas tuvieran miedo a lo profundo, así que con cada una jugué a Shamu, la ballena. Mi hija sería la entrenadora. Yo sería Shamu. Ella tenía que apretarse la nariz con los dedos, poner un brazo alrededor de mi cuello, y entonces nos iríamos a lo profundo. Íbamos más y más hondo hasta que podíamos tocar el fondo de la piscina. Luego subíamos rápidamente, hasta aparecer en la superficie. Después de varias zambullidas comprendieron que no tenían nada que temer. No temían mal alguno. ¿Por qué? Porque yo estaba con ellas.

Cuando Dios nos llame al profundo valle de la muerte, Él estará con nosotros. ¿Nos atreveríamos a pensar que Él nos abandonará en el momento de la muerte? ¿Obligaría un padre a sus hijos a descender solos a las profundidades? ¿Exigiría el pastor a sus ovejas que hagan solas el viaje hacia las tierras altas? Por cierto que no. ¿Exigiría Dios a su hijo que viajara solo a la eternidad? ¡Absolutamente no! ¡Él está contigo!

Lo que Dios dijo a Moisés se lo dice a usted: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» (Éxodo 33.14).

Lo que Dios dijo a Jacob se lo dice a usted: «Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres» (Génesis 28.15).

Lo que Dios dijo a Josué se lo dice a usted: «Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé» (Jos 1.5).

Lo que Dios dijo a la nación de Israel se lo dice a usted: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo» (Isaías 43.2).

El Buen Pastor está con usted. Porque está con usted, puede decir lo que David dijo: «No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

Hace años, un capellán del ejército francés usó el Salmo 23 para animar a los soldados antes de la batalla. Les pidió que repitieran la oración inicial del salmo, tocando un dedo a la vez por cada palabra. El dedo meñique era El; el dedo anular era Señor; el dedo cordial, es; el dedo índice, mi; y el pulgar, Pastor. Luego pidió a cada soldado que escribiera las palabras en la palma de la mano y repitiera el versículo cuando necesitara fortaleza.

El capellán puso especial énfasis en el mensaje del dedo índice: mi. Recordó a los soldados que Dios es un pastor personal con una misión personal: llevarlos a salvo a su hogar.

¿Dieron en el blanco las palabras del capellán? Por lo menos en la vida de un hombre, sí. Después de una batalla, hallaron muerto a uno de los jóvenes soldados. Su mano derecha tenía aferrado el dedo índice de la izquierda. «El Señor es mi pastor … »

Que la hora final le encuentre aferrado a la misma esperanza.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (97). Nashville: Caribe-Betania Editores.

Alabanza: Vuelve A Casa – Lilly Goodman

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
10
Te llevaré al hogar
La carga del sepulcro
Viaje hacia atrás
1. Algún día nuestro Pastor … nos llevará hacia los montes a través del camino del valle. Nos guiará hasta su hogar a través del valle de sombra de muerte.
A. ¿Qué piensa usted de su propia muerte, o usted evita pensarlo? Explique.
B. ¿Ha estado usted cerca de un creyente que ha muerto? Si es así, describa como el pastor lo guió a través del valle de sombra y de muerte.
2. David nos recuerda dos cosas importantes que pueden ayudarnos a vencer el temor del sepulcro. Todos tenemos que enfrentarnos a esto … Aunque su primer recordatorio nos hace ser cautos, su segundo recordatorio nos anima: No tenemos que enfrentar solos la muerte.
A. ¿Si usted fuera a enfrentar su propia muerte mañana, estaría preparado? Explique.
B. ¿Cómo se sentiría usted si tuviera que enfrentar la muerte solo? Explique.
3. No enfrentes la muerte sin enfrentar a Dios. Ni siquiera hables de muerte sin hablarle a Dios. Él y sólo Él puede guiarte a través del valle. Otros pueden especular o aspirar, pero sólo Dios sabe el camino para llevarte a su hogar. Sólo Dios está comprometido a llevarte hasta allá a salvo.
A. Nombre unas pocas maneras en las cuales Dios ayuda a sus hijos a enfrentar la muerte.
B. ¿Cómo podemos nosotros estar seguros de que Dios está comprometido a llevarnos al cielo a salvo?
4. [Jesús] puede enviar misioneros que te enseñen, ángeles que te protejan, maestros que te guíen, cantores que te inspiren, y médicos que te curen, pero Él no envía a otro para que te lleve. Esa tarea la reserva para sí mismo.
A. Cuando Jesús viene a llevarnos a casa, ¿qué piensa usted que podría decirle primero a Él?
B. ¿Por qué usted piensa que Jesús insiste en venir Él en persona para llevarnos? ¿Cómo lo hace sentir esto a usted?
Viaje hacia arriba
1. Leer Salmo 116.15; 139.16
A. ¿Qué dice el Salmo 116.15 que es «precioso» para Dios? ¿Por qué es así?
B. ¿Qué demanda hace el Salmo 139.16? ¿Esto lo confortó? Explique.
2. Leer 1 Tesalonicenses 4.13–18
A. ¿Qué aprende usted de este pasaje sobre aquellos que mueren en Cristo?
B. ¿Cómo son entendidas esas palabras para «animarnos»? ¿Por qué somos nosotros instruidos para repetir esas palabras a otros?
3. Leer 2 Corintios 5.1–10
A. ¿Qué quiere decir Pablo con «morada terrestre» (v. 1)? ¿Por qué usa esta imagen?
B. ¿Cómo es la vida en esta «morada»? ¿Cómo contrasta Pablo la vida en la «habitación celestial» (v. 2)?
C. ¿Qué señal tiene Dios para darnos a nosotros y garantizarnos que lo que Él dice podría suceder un día, y que podría suceder actualmente (v. 5)?
D. ¿Cómo es la información en este pasaje para hacernos «confiar» (v. 6)?
E. ¿Qué preferencia expresa Pablo en el verso 8? ¿Por qué él prefiere esto?
F. ¿Cómo es el verso 10 una promesa y una advertencia al mismo tiempo?
Viaje hacia adelante
1. Visite un cementerio cercano, y pase algunas horas leyendo las lápidas para recordarse a usted mismo la realidad de la muerte y que la esperanza de los creyentes puede tener sin embargo su propio abrazo frío.
2. Lea el libro clásico de Herbert Lockyer Últimas palabras de Santos y Pecadores. ¿Cómo se comparan las muertes de los dos grupos?


Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (224). Nashville: Caribe-Betania Editores.