Cap. 14: El Gallo Cantor Y Yo

La Carga De La Vergüenza

Aderezas mesa delante de mi en presencia de mis angustiadores
Salmo 23.5

Ve a ese individuo amparado en las sombras? Es Pedro. Pedro el apóstol. Pedro el impetuoso. Pedro el apasionado. Una vez caminó sobre las aguas. Salió del bote y pisó el agua del lago. Pronto le predicará a millares. Osado ante amigos y enemigos por igual. Pero el que caminó sobre las aguas esa noche se ha apresurado a esconderse. El que será un poderoso predicador llora de dolor.


No gimotea ni lloriquea, sino llora. Llora a gritos. Con el rostro barbado hundido entre las manos. El eco de su llanto traspasa la noche de Jerusalén. ¿Qué duele más? ¿Haberlo hecho o que hubiera jurado que jamás lo haría?


«Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte», había prometido apenas unas horas antes. Y Jesús le dijo: «Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces» (Lucas 22.33–34).


Negar a Cristo la noche que fue entregado era de por sí bastante malo, pero ¿tenía que jactarse que no lo negaría? Una negación era lamentable, pero ¿tres veces? Tres negaciones eran horribles, pero ¿tenía que maldecir? «Comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre» (Mateo 26.74).


Y ahora, sumergido en un torbellino de pesar, Pedro se esconde. Pedro llora. Y pronto se irá a pescar.


Nos preguntamos por qué se fue a pescar. Sabemos la razón de su regreso a Galilea. Se le había dicho que el Cristo resucitado se reuniría allí con sus discípulos. El lugar señalado para el encuentro no era el mar, sino una montaña (Mateo 28.16). Si los seguidores iban a reunirse con Jesús en la montaña, ¿qué hacen en un bote? Nadie les dijo que pescaran, pero eso fue lo que hicieron. «Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo» (Juan 21.3).

 

Además, ¿no había dejado Pedro de pescar? Dos años antes, cuando Jesús lo llamó a pescar hombres, ¿no dejó su red y le siguió? Desde entonces no le hemos visto pescar. Nunca le hemos visto pescar de nuevo. ¿Por qué va a pescar ahora? ¡Especialmente ahora! Jesús ha resucitado de entre los muertos. Pedro ha visto la tumba vacía. ¿Quién puede pescar en una ocasión como esta?


¿Tenían hambre? Quizás eso era todo. Es posible que la expedición naciera por el impulso de estómagos vacíos.


O quizás haya nacido de corazones quebrantados.


Pedro no podía negar su negación. La tumba vacía no borró el canto del gallo. Cristo había regresado, pero Pedro se preguntaba, debe de haberse preguntado: «Después de lo que hice, ¿volvería Él por alguien como yo?»
Nosotros nos hemos preguntado lo mismo. ¿Es Pedro la única persona que ha hecho lo que prometió que no haría jamás?


«¡Basta de infidelidades!»
«De ahora en adelante voy a poner freno a mi lengua».
«No más tratos oscuros. He aprendido la lección».


¡Qué volumen el de nuestra jactancia! ¡Qué quebranto el de nuestra vergüenza!


En vez de resistir el coqueteo, lo correspondemos.
En vez de desoír el chisme, lo difundimos.
En vez de apegarnos a la verdad, la escondemos.


El gallo canta, y la convicción de pecado nos taladra, y Pedro halla un compañero en las sombras. Lloramos como Pedro lloró, y hacemos lo que Pedro hizo. Nos vamos a pescar. Volvemos a nuestra vida antigua. Volvemos a nuestras prácticas de antes que conociéramos a Jesús. Hacemos lo que viene en forma natural, en vez de hacer lo que viene en forma espiritual. Y dudamos que Jesús tenga un lugar para tipos como nosotros.


Jesús responde la pregunta. La responde por usted y por mí, y por todo el que tiende a salirse como Pedro. Su respuesta llegó junto al mar como un regalo para Pedro. ¿Sabe qué hizo Jesús? ¿Partió las aguas? ¿Convirtió los botes en oro y las redes en plata? No. Hizo algo mucho más significativo. Invitó a Pedro a tomar desayuno. Jesús lo preparó.


Por cierto, el desayuno fue un momento especial entre los varios de esa mañana. Estuvo la gran pesca y el reconocimiento de Jesús. La zambullida de Pedro y el chapoteo de los discípulos. Y en un momento llegaron a la playa y Jesús estaba junto al fuego. Los pescados chirriaban en la sartén y el pan esperaba; aquel que derrotó al infierno y es el rey de los cielos invitó a sus amigos a sentarse a comer.


Nadie podía haber estado más agradecido que Pedro. El que había sido zarandeado como trigo por Satanás comía pan de la mano de Dios. Pedro fue invitado a la comida de Cristo. Allí mismo, para que el diablo y sus tentadores lo vieran, Jesús «aderezó mesa en presencia de sus angustiadores».


Quizás Pedro no lo dijo con estas palabras, pero David sí. «Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores» (Salmo 23.5). Lo que el pastor hizo por las ovejas se parece mucho a lo que Jesús hizo por Pedro.


En este punto del salmo, la mente de David parece estar en las tierras altas con sus ovejas. Después de haber guiado al rebaño a través del valle hacia las empinadas tierras en busca de un pasto más verde, recuerda la responsabilidad adicional del pastor. Debe preparar el pasto.


Esta es tierra nueva, de modo que el pastor debe ser cuidadoso. Idealmente la pradera para pastar debe ser llana, una meseta o altiplanicie. El pastor ubica las plantas ponzoñosas y busca abundante agua. Se fija si hay señales de lobos, coyotes y osos.


El pastor se preocupa especialmente de la víbora, una pequeña culebra marrón que vive bajo tierra. Se sabe que esa víbora salta repentinamente de su agujero y muerde a la oveja en la nariz. La mordida suele infectarse y puede matar. Como defensa contra ella, el pastor derrama aceite formando un círculo alrededor de la cueva de la víbora. También aplica el aceite en las narices de los animales. El aceite en la cueva de la víbora lubrica la salida y evita que la víbora salga. El olor del aceite en la nariz de las ovejas repele a la víbora. El pastor, en un sentido muy real, ha preparado la mesa.


¿Y si su Pastor hizo por usted lo que el pastor hace por su rebaño? Supongamos que Él ya enfrentó a su enemigo, el diablo, y ha preparado para usted un lugar seguro para comer. ¿Y si Jesús hizo por usted lo que hizo por Pedro? ¿Suponía Pedro que, en la hora de su fracaso, le iba a invitar a cenar?
¿Qué diría usted si le dijera que es exactamente eso lo que Cristo hizo? La noche antes de su muerte, preparó una mesa para sus seguidores.


El primer día de los panes sin levadura, el día que sacrificaban los corderos para la cena pascual, los discípulos de Jesús le preguntaron «¿Dónde quieres que vayamos a preparar para que comas la pascua?»


Entonces Jesús envió a dos de ellos con estas instrucciones: «Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle, y donde entrare, decid al señor de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento dónde he de comer la pascua con mis discípulos? Y él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparad para nosotros allí» (Marcos 14.12–15).


Fíjese quién hizo los «preparativos». Jesús reservó el gran aposento e hizo los arreglos para que el guía condujese a los discípulos. Jesús se aseguró que la habitación estuviese preparada y pronta la comida. ¿Qué hicieron los discípulos? Cumplieron fielmente y comieron.


El Pastor preparó la mesa.

No sólo eso: enfrentó las víboras. Usted recordará que uno solo de los discípulos no completó la cena esa noche. «El diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase» (Juan 13.2). Judas comenzó a comer, pero Jesús no lo dejó terminar. Por orden de Jesús, Judas salió de la habitación. «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto … cuando él, pues, hubo tomado el bocado, luego salió; y ya era de noche» (Juan 13.27, 30).


Hay algo dinámico en esta salida. Jesús preparó mesa en la presencia del enemigo. Permitió que Judas viera la cena, pero no le permitió quedarse.
No eres bien recibido. Esta mesa es para mis hijos. Puedes tentarlos. Puedes ponerles tropiezos. Pero nunca te sentarás con ellos. Mucho nos ama.


Si quedase alguna duda, en el caso de que hubiera algunos «Pedros» que se preguntan si habrá lugar en la mesa para ellos, Jesús les da un tierno recordatorio cuando pasa la copa: «Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados» (Mateo 26.27–28).


«Bebed de ella todos». Los que se sienten indignos, beban. Los que se sienten avergonzados, beban. Los que se sienten confundidos, beban.


Voy a contarles de una ocasión en que sentí las tres cosas.


Cuando tenía dieciocho años iba bien encaminado a tener problemas con la bebida. Mi sistema se había hecho tan resistente al alcohol que media docena de cervezas tenían poco o ningún impacto sobre mí. A los veinte años Dios no sólo me salvó del infierno después de esta vida, sino también del infierno en esta vida. Sólo Él sabe hacia dónde me dirigía, pero me imagino lo que sería.


Por esa razón una parte de mi decisión de seguir a Cristo incluyó no beber más cerveza. Así que la dejé. Pero, curiosamente, nunca se me acabó el apetito por la cerveza. No me ha obsesionado ni consumido, pero un par de veces en la semana me seduce el pensamiento de una buena cerveza. Prueba de que tengo que ser cuidadoso es esta: las cervezas no alcohólicas no me atraen. No es el sabor de la bebida; es el aquello de tomarla. Pero por más de veinte años, la bebida nunca ha sido un problema de importancia para mí.


Sin embargo, hace un par de años casi llega a ser un problema. Bajé un poco la guardia. Una cerveza con el asado no me va a dañar. Después ocurrió con comida mexicana. Y luego una o dos veces sin ninguna comida. Por un período de unos dos meses estuve fluctuando entre nada de cerveza y no sería malo una o dos por semana. Para la mayoría de las personas eso no es un problema, pero para mí podía serlo.


¿Saben cuándo comencé a oler el peligro? Una cálida tarde de un día viernes iba de viaje para hablar en un retiro anual de varones. ¿Dije que el día estaba cálido? ¡Brutalmente cálido! Tenía sed. La soda fue como no haber tomado nada. Entonces comencé a conspirar. ¿Dónde podría comprar una cerveza sin que me viera un conocido?


Al pensar así, crucé la línea. Lo que se hace en secreto es mejor no hacerlo. Pero de todos modos lo hice. Busqué una tienda fuera del camino, estacioné y esperé hasta que salieron todos los clientes. Entré, compré la cerveza, la puse apegada a mi costado, y me apresure a subirme al auto.


Entonces fue cuando cantó el gallo. Cantó porque yo estaba haciendo algo en forma furtiva. Cantó porque yo sabía lo bueno. Cantó porque, y esto realmente duele, la noche anterior había reprendido duramente a una de mis hijas por tener secretos para mí. Y ahora, ¿qué estaba haciendo yo?


Arrojé la cerveza al basurero y le pedí a Dios que me perdonara. Pocos días después confesé mi lucha a los ancianos y a algunos miembros de la congregación y me sentí feliz de anotar una experiencia y seguir adelante.


Pero no pude. La vergüenza me atormentaba. ¡Mire que hacer yo tal cosa! A tantos pude herir por mi estupidez. Y ¡qué momento para hacerlo! Mientras viajaba a ministrar la palabra en un retiro. ¡Qué hipocresía!


Sentía que era un pobre diablo. El perdón había entrado en mi cabeza, pero el elevador destinado a bajarlo hasta el corazón tenía un desperfecto.
Para empeorar las cosas, llegó el domingo. Me encontré en la primera fila de la iglesia en espera de mi turno para hablar. Había sido sincero con Dios, sincero con los ancianos y sincero conmigo mismo. Pero todavía luchaba. ¿Querría Dios que un tipo como yo predicara su Palabra?


La respuesta llegó en la Cena del Señor. El mismo Jesús que había preparado una cena para Pedro había preparado una para mí. El mismo Pastor que había triunfado sobre el diablo, triunfó nuevamente. El mismo Salvador que había encendido una fogata en la playa avivó unas pocas ascuas en mi corazón.
«Bebed de ella todos». Y lo hice. Se siente bien al estar otra vez en la mesa.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (135). Nashville: Caribe-Betania Editores.


Alabanza: Lo Hiciste Por Amor – Gadiel Espinoza

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
14
El gallo cantor y yo
La carga de la vergüenza
Viaje hacia atrás
1. Nosotros nos hemos preguntado lo mismo. ¿Es Pedro la única persona que ha hecho lo que prometió que no haría jamás? «¡La infidelidad está detrás de mí!» «De ahora en adelante voy a poner freno a mi lengua». «No más tratos oscuros. He aprendido la lección». ¡Qué volumen el de nuestra jactancia! ¡Qué quebranto el de nuestra vergüenza!

A. Describa el tiempo cuando usted siguió el ejemplo de Pedro e hizo todas las cosas que usted prometió que nunca haría, ¿qué pasó?
B. ¿Por qué usted piensa que nosotros nos empeñamos en tan necia jactancia? ¿Qué pensamos nosotros que ganaremos?

2. Lloramos como Pedro lloró, y hacemos lo que Pedro hizo. Nos vamos a pescar. Volvemos a nuestra vida antigua. Volvemos a nuestras prácticas de antes que conociéramos a Jesús. Hacemos lo que viene en forma natural, en vez de hacer lo que viene en forma espiritual. Y dudamos que Jesús tenga un lugar para tipos como nosotros.

A. ¿Usted alguna vez a «vuelto a pescar» o vuelto a sus prácticas antes de Jesús, después de un fracaso espiritual? Si es así, ¿Cómo se sintió usted en ese tiempo?
B. ¿Por qué preguntamos si Jesús tiene un lugar para la gente como nosotros? ¿Usted se ha sentido alguna de esa manera? Explique.

3. Jesús preparó mesa en la presencia del enemigo. Permitió que Judas viera la cena, pero no le permitió quedarse. No eres bienvenido. Esta mesa es para mis hijos. Puedes tentarlos. Puedes ponerles tropiezos. Pero nunca te sentarás con ellos. Así tanto nos ama.

A. ¿Por qué piensa usted que Jesús permitió a Judas ver la cena? ¿Por qué no lo aisló ante la reunión de los discípulos?
B. ¿Qué significa para usted personalmente la cena del Señor? ¿Qué pasa por su mente durante el servicio?

4. El mismo Jesús que había preparado una cena para Pedro había preparado una para mí. El mismo Pastor que había triunfado sobre el diablo, triunfó nuevamente. El mismo Salvador que había encendido una fogata en la playa avivó unas pocas ascuas en mi corazón. «Bebed de ella todos». Y lo hice. Se siente bien al estar otra vez en la mesa.

A. ¿Por qué piensa usted que Jesús preparó alimento para Pedro, quien lo negó, pero no para Judas, quien lo traicionó? ¿Cuál fue la diferencia?
B. ¿Cómo las historias de Pedro y Max muestran el verdadero arrepentimiento? ¿Cómo Jesús siempre responde al verdadero arrepentimiento? ¿Por qué es importante comprender esto?
Viaje hacia arriba
1. Leer Joel 2.25–27
A. ¿Qué promesa hace Dios para su pueblo que se arrepiente (v. 25)?
B. ¿Por qué piensa usted que Dios dice dos veces en los versos 26–27 que su pueblo nunca será avergonzado otra vez? ¿Por qué Dios cuida de librarnos de la vergüenza?
2. Leer 2 Timoteo 2.15–16
A. ¿Qué instrucción es dada en el verso 15? ¿Cómo puede usted cumplir con esta orden?
B. ¿Cómo podemos nosotros evitar ser avergonzados, de acuerdo al verso 15?
C. ¿Cómo continúa el verso 16 para decirnos cómo evitar ser avergonzados?
3. Leer Hebreos 12.2–3
A. ¿Qué nos instruye a hacer el verso 2? ¿Cómo puede esto mantenernos lejos de ser avergonzados?
B. ¿Cómo Jesús reaccionó a la vergüenza de la cruz? ¿Por qué la cruz era una vergüenza?
C. ¿Cómo somos nosotros beneficiados del ejemplo de Jesús en la cruz?
Viaje hacia adelante
1. Piense en la historia de Max y cómo la vergüenza lo mantuvo lejos de Dios. Sea honesto con usted mismo, y pregúntese si usted está tratando con alguna cosa similar. Si es así, siga el ejemplo de valentía de Max, y admita estas «cosas vergonzosas» para un confiable y buen amigo. Rompa el poder de ellas sobre usted a través de confesarlas y abandonarlas, y esté agradecido con la mesa del Señor una vez más.

2. Si usted tiene la oportunidad, asista a una conferencia o programa preparado por alguien que pueda explicar el significado mesiánico de esta antigua comida hebrea. Enriquezca su apreciación de la cena del Señor.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (236). Nashville: Caribe-Betania Editores.
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One response to this post.

  1. Posted by Jaquelín on 22 febrero 2014 at 9:02 AM

    Qué increíble es Jesús… Es capaz hasta de perdonar nuestro desprecio, nuestra negación!! Cada dia nos da oportunidades nuevas y no sé si lo merecemos.. De no tenerlo a Él, seguro no lo mereciéramos

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