Cap. 15: Oveja Resbalosa Y Heridas Sanadas

La Carga De La Desilusión

 

Unges mi cabeza con aceite
Salmo 23.5

El Des lo cambia todo. Con des, «obedecer» se convierte en «desobedecer». «Consideración» cambia a «desconsideración». Enganchar sería «desenganchar» y «gracia» se transformaría en «desgracia». Todo debido a «des».


Sería muy difícil hallar un trío de letras más potente. Y nos veríamos en aprietos para hallar un mejor ejemplo de su poder que la palabra ilusión.
A la mayoría nos gustan las ilusiones. El calendario de actividades en muchos sentidos es una ilusión. Nos gusta porque nos da un sentido de lo previsible en un mundo impredecible. En lo profundo sabemos que controlamos el futuro tanto como el furgón del equipaje controla el tren; sin embargo, el calendario nos da la ilusión de que lo controlamos.


La ilusión muchas veces se vuelve desilusión. Una desilusión es una ilusión frustrada. Lo que esperábamos que ocurriera, no ocurrió. Queríamos salud; obtuvimos enfermedad. Queríamos el retiro del empleo; conseguimos un traslado. El divorcio, en vez de familia. Despido, en vez de ascenso. ¿Y qué ahora? ¿Qué hacemos con nuestras desilusiones?


Podríamos hacer lo que hizo la señorita Haversham. ¿La recuerdan en Grandes expectativas de Charles Dickens? Su novio la dejó plantada exactamente antes de la boda. Su ilusión se convirtió en una ilusión perdida o desilusión. ¿Cómo reaccionó? No muy bien. Cerró todas las persianas de la casa, detuvo todos los relojes, dejó la torta de bodas sobre la mesa para que juntara telarañas, y siguió usando su vestido de bodas hasta que colgó raído y amarillento en torno a su encogido cuerpo. Su corazón herido le consumió la vida.


Nosotros podemos seguir el mismo rumbo.


O podemos seguir el ejemplo del apóstol Pablo. Su meta era ser misionero en España. Sin embargo, en vez de enviar a Pablo a España, Dios lo puso en prisión. Sentado en una cárcel romana, Pablo podría haber tomado la misma decisión que la señorita Haversham, pero no lo hizo. En cambio, dijo: «Mientras esté aquí voy a aprovechar y escribir algunas cartas». Por eso nuestra Biblia tiene las Epístolas a Filemón, a los Filipenses, a los Colosenses y a los Efesios. Nos hay dudas de que Pablo habría hecho una gran obra en España. Pero, ¿sería comparable con la obra de esas cuatro cartas?


Usted se ha sentado donde Pablo se sentó. Sé que sí. Usted estaba bien entusiasmado en su camino a España o a la universidad o al matrimonio o a su independencia … pero se presentó el despido o el embarazo o la enfermedad de sus padres. Y terminó encarcelado. Chao, España. Hola, Roma. Adiós ilusiones. Hola desilusión. Hola, tristeza.


¿Cómo se las arregló? Mejor, ¿cómo se las está arreglando? ¿Necesita alguna ayuda? Tengo exactamente lo que necesita. Cinco palabras en el versículo cinco del Salmo 23: «Unges mi cabeza con aceite».


¿No ve la conexión? ¿Qué tiene que ver un versículo sobre el aceite con las heridas que producen las desilusiones de la vida?
Una breve lección sobre ganadería puede ayudar. En el antiguo Israel los pastores usaban el aceite con tres propósitos: repeler los insectos, prevenir los conflictos y curar las heridas.


Los insectos fastidian a las personas, pero pueden matar a una oveja. Las moscas, mosquitos y otros insectos pueden convertir el verano en una tortura para el ganado. Por ejemplo, considérese las moscas de la nariz. Si logran depositar sus huevos en la membrana blanda de la nariz de la oveja, los huevos se convierten en larvas con forma de gusano que vuelven locas a las ovejas. Un pastor explica: «Para aliviar esta torturante molestia, la oveja deliberadamente golpea su cabeza contra los árboles, rocas, postes o arbusto … En casos extremos de intensas plagas, la oveja puede matarse en un esfuerzo frenético por hallar alivio».


Cuando aparece un enjambre de moscas de la nariz, las ovejas entran en pánico. Corren. Se esconden. Agitan la cabeza de arriba abajo durante horas. Se olvidan de comer. No pueden dormir. Los corderitos dejan de mamar y dejan de crecer. Todo el rebaño puede dispersarse y perecer por la presencia de unas pocas moscas.


Por esta razón el pastor unge a la oveja. Les cubre la cabeza con un repelente hecho de aceite. El olor del aceite impide que los insectos se acerquen y los animales permanecen en paz.
En paz hasta la estación del celo. La mayor parte del año las ovejas son animales tranquilos y pacíficos. Pero durante el celo, todo cambia. Los carneros se pavonean por el prado y doblan el cogote tratando de captar la atención de la nueva chica de la cuadra. Cuando el carnero capta su mirada, levanta la cabeza y dice: «Te quiero, nena». En esos momentos aparece el novio y le dice que vaya a un lugar seguro. «Es mejor que te vayas, cariño. Esto podría ponerse muy feo». Los dos carneros bajan la cabeza y ¡paf! Comienza una riña a topetazos, a la antigua. Para evitar las heridas, el pastor unge los carneros. Les esparce una sustancia resbalosa, grasienta, por la nariz y la cabeza. Este lubricante hace que sus cabezas se deslicen y no se hagan daño al golpearse.


De todos modos, la tendencia es a hacerse daño. Y esas heridas son la tercera razón por la que el pastor unge las ovejas. La mayoría de las heridas que el pastor cura son consecuencias de la vida en la pradera. Espinas que se encarnan, o heridas de rocas, o el haberse rascado en forma muy ruda contra el tronco de un árbol. Las ovejas se hieren. Por eso, el pastor regularmente, a veces diariamente, inspecciona las ovejas, en busca de cortes y magulladuras. No quiere que los cortes se agraven. No quiere que las heridas de hoy se conviertan en una infección mañana.


Dios tampoco. Como las ovejas, tenemos heridas, pero las nuestras son las heridas del corazón que producen las desilusiones. Si no tenemos cuidado, las heridas llevan a la amargura. Y como las ovejas, necesitamos tratamiento.

«Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado» (Salmo 100.3).


Las ovejas no son las únicas que necesitan cuidado preventivo ni las únicas que necesitan un toque sanador. Nosotros también nos irritamos unos contra otros, nos damos de cabezazos y quedamos heridos. Muchas de las desilusiones de la vida comienzan como irritaciones. La mayor porción de nuestros problemas no son de proporciones similares al ataque de un león, sino más bien del enjambre de frustraciones y quebrantos del día a día. No nos invitan a la fiesta. No nos incluyen en el equipo. No obtuvimos la beca. El jefe no toma nota de nuestro arduo trabajo. El marido no se da cuenta del traje nuevo de la esposa. El vecino no nota el desorden que tiene en el patio. Uno se siente más irritable, más melancólico, más … bueno, más herido.


Como la oveja, no duerme bien, no come bien. Y algunas veces hasta se golpea la cabeza contra un árbol.
O quizás se golpea la cabeza contra una persona. Es asombroso lo duros que podemos ser unos con otros. Algunas de nuestras heridas más profundas vienen de darnos topetazos con las personas.


Como en las ovejas, el resto de nuestras heridas vienen de vivir en la pradera. Sin embargo, la pradera de las ovejas es mucho más atractiva. Las ovejas tienen que sufrir heridas de espinas y arbustos. Nosotros tenemos que enfrentar el envejecimiento, las pérdidas y la enfermedad. Algunos enfrentan la traición y la injusticia. Viva lo suficiente en este mundo, y verá que la mayoría sufre profundas heridas de uno u otro tipo.


Como las ovejas, quedamos heridos. Como las ovejas, tenemos un pastor. ¿Recuerdan las palabras que leímos? «Él nos hizo … pueblo suyo somos, y ovejas de su prado» (Salmo 100.3). Él hará por nosotros lo que el pastor hace por sus ovejas. Él nos cuidará.


Si algo enseñan los Evangelios es que Jesús es el Buen Pastor. Jesús anuncia: «Yo soy el buen Pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10.11).


¿No derramó Jesús el aceite de la prevención sobre sus discípulos? Oró por ellos. Los equipó antes de mandarlos al mundo. Les reveló los secretos de las parábolas. Interrumpió sus discusiones y calmó sus temores. Porque es el buen Pastor, los protegió de las desilusiones.


No sólo previno las heridas; las sanó. Tocó los ojos del ciego. Tocó la enfermedad del leproso. Tocó el cuerpo de la niña muerta. Jesús cuida sus ovejas. Tocó el corazón inquisitivo de Nicodemo. Tocó el corazón abierto de Zaqueo. Tocó el corazón quebrantado de María Magdalena. Tocó el corazón confundido de Cleofas. Y tocó el soberbio corazón de Pablo y el corazón arrepentido de Pedro. Jesús cuida sus ovejas. Y le cuidará a usted.


Si usted se lo permite. ¿Cómo? ¿Cómo se lo permite? Los pasos son muy sencillos.


Primero, acuda a Él. David no podía confiar sus heridas a nadie sino a Dios. Dice: «Unges mi cabeza con aceite». No dice «tus profetas», «tus maestros» ni «tus consejeros». Otros pueden guiarnos a Dios. Otros pueden ayudarnos a entender a Dios. Pero nadie hace la obra de Dios, porque solo Dios puede sanar.


«Él sana a los quebrantados de corazón» (Salmo 147.3).


¿Ha llevado usted sus desilusiones a Dios? Las ha dado a conocer a sus vecinos, a sus familiares, a sus amigos. Pero, ¿las ha llevado a Dios? Santiago dice: «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración» (Santiago 5.13).
Antes de irse a cualquiera otra parte con sus desilusiones, vaya a Dios.


Quizás no quiera molestar a Dios con sus heridas. Después de todo Él ya tiene bastante con las hambrunas, las pestilencias y las guerras; no le interesan mis pequeñas luchas. ¿Por qué no deja que Él lo decida? Le importó tanto una boda que proveyó el vino. Le importó tanto el pago del tributo de Pedro que le dio la moneda. Le importó tanto la mujer junto al pozo que le dio respuestas. «Él tiene cuidado de vosotros» (1 Pedro 5.7).


Su primer paso es ir a la persona que corresponde. Vaya a Dios. Nuestro segundo paso es adoptar la postura correcta. Inclinémonos delante de Dios.
Para ser ungida, la oveja debía permanecer quieta, agachar la cabeza y dejar que el pastor hiciera su trabajo. Pedro nos exhorta: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo» (1 Pedro 5.6).


Cuando vamos a Dios hacemos peticiones; no hacemos exigencias. Vamos con elevadas esperanzas y un corazón humilde. Declaramos lo que necesitamos, pero oramos por lo que es justo. Y si Dios nos da la prisión romana en lugar de la misión en España, lo aceptamos porque sabemos que «¿acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?» (Lucas 18.7).


Vamos a Él. Nos inclinamos delante de Él y confiamos en Él.


La oveja no entiende por qué el aceite repele las moscas. La oveja no entiende cómo el aceite cura las heridas. En realidad lo único que sabe la oveja es que algo ocurre en la presencia del pastor. Y eso también es todo lo que necesitamos saber. «A ti, oh Señor, levantaré mi alma. Dios mío, en ti confío» (Salmo 25.2).


Ve.
Inclínate.
Confía.
Vale la pena intentarlo, ¿verdad?

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (145). Nashville: Caribe-Betania Editores.


Alabanza: Gracias Señor Jesús – Fernel Monroy

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
15
Oveja resbalosa y heridas sanadas
La carga de la desilusión
Viaje hacia adelante

1. Una desilusión es una ilusión frustrada. Lo que esperábamos que ocurriera, no ocurrió. Queríamos salud; obtuvimos enfermedad. Queríamos el retiro del empleo; conseguimos un traslado. El divorcio, en vez de familia. Despido, en vez de ascenso. ¿Y qué ahora? ¿Qué hacemos con nuestras desilusiones?

A. ¿Qué decepciones usted ha tenido que enfrentar recientemente?
B. ¿Qué hace usted con sus decepciones?

2. Como las ovejas, nosotros tenemos heridas, pero las nuestras son heridas del corazón que vienen de las desilusiones. Si no tenemos cuidado, las heridas llevan a la amargura. Y como las ovejas, necesitamos tratamiento.
A. ¿Cómo las repetidas decepciones conducen a la amargura?
B. ¿Qué tipos de cosas han hecho que usted se amargue? ¿Cómo trató usted con la amargura?
3. La mayor porción de nuestros problemas no son de proporciones similares al ataque de un león, sino más bien del enjambre de frustraciones y quebrantos del día a día.
A. ¿Qué cosas pequeñas de la vida tienden a frustrarlo más?
B. ¿Qué ayuda puede usted ofrecerle a alguien que esté quebrantado o con dolores del corazón?
4. Jesús cuida de sus ovejas. Y le cuidará a usted. Si usted se lo permite. ¿Cómo? ¿Cómo se lo permite? Los pasos son muy sencillos. Primero, acuda a Él. Segundo, asuma la postura correcta. Inclínese delante de Dios. Tercero, confíe en Él.
A. ¿Cómo puede usted «acudir a» Jesús? ¿Qué significa «acudir a» Él?
B. ¿Por qué es necesario «inclinarse» a Dios? ¿Qué significa esto?
C. ¿Qué quiere decir «confiar» en Dios? ¿Cómo hacemos eso, hablando prácticamente?
Viaje hacia arriba
1. Leer Salmo 22.2–5
A. ¿Qué decepción sufrió David en el verso 2? ¿Se ha sentido alguna vez así? Explique.
B. ¿Cómo combatió David sus decepciones en los versos 3–5?
C. ¿Cuál fue el resultado de la confianza de los ancestros descrita en los versos 4–5? ¿Cómo nos anima a nosotros?
D. Considere que este es el Salmo que Jesús citó cuando colgaba en la cruz. ¿Qué piensa usted que el Salmo le enseñó sobre la decepción?
2. Leer Romanos 5.1–5
A. ¿Cómo nosotros ganamos paz con Dios (v. 1)?
B. ¿Qué beneficio nos da esta paz (v. 2)? ¿Cómo debería esto hacernos sentir?
C. ¿Qué relación tiene el esperar (vv. 3–5)?
D. ¿Por qué la esperanza no nos decepciona (v. 5)? ¿Cómo los problemas del día a día nos afectan?
3. Leer Salmo 147.1–3
A. ¿Cómo trataron los israelitas con sus decepciones (v. 1)?
B. ¿Qué ánimo da Dios a su pueblo en el verso 3?
C. ¿Cómo piensa usted que Dios cura los corazones rotos? ¿Qué ha hecho Dios en su vida?
Viaje hacia adelante
1. Haga una lista de sus decepciones más grandes en la vida. Escríbalas. Luego tome cada una, y presénteselas a Dios en oración. Nómbreselas explícitamente, una por una.
2. Haga un nuevo compromiso para involucrarse en una oración regular. Tómese el tiempo. Busque un lugar. Establezca un periodo específico. Prepare una lista de asuntos y agradecimientos para llevar a Dios, luego hágalo.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (240). Nashville: Caribe-Betania Editores.
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