Cap. 16: Sesión De Mermelada

La Carga De La Envidia

Mi copa está rebosando
Salmo 23.5

Un miembro de nuestra iglesia me dio una jarra de conserva casera de durazno hace un par de semanas. Pocas cosas deliciosas en la vida se comparan con su conserva de durazno. Si yo tuviera que enfrentar un pelotón de fusilamiento, pasaría por alto los cigarrillos, pero sería el primero en levantarme si ofrecen las conservas de durazno de Sara. Cada cucharada es una experiencia celestial. El único problema con su regalo es que está por acabarse. Estoy triste al señalar que ya se ve el fondo de mi jarra. Pronto estaré sacudiendo la última gota como un vaquero sacude su cantimplora.

Para ser bien sincero, estoy temiendo el momento. Su proximidad ha afectado mi conducta. Alguien que solicite una probadita de mi conserva de durazno se encontrará con un Clint Eastwood que le dirá con un gruñido: «Ni lo pienses».

Si fuera el esposo de Sara, Keith, yo no tendría este problema. Él tiene toda la conserva de durazno que desee. ¿Le hará salir lágrimas el sonido de la cuchara en el fondo de la jarra? Difícil. Él tiene una ilimitada provisión. Alguien podría aun decir que tiene más de lo que merece. Y alguien podría desear saber por qué tiene tanto y yo tan poco. ¿Por qué él tiene una despensa llena y una jarra llena? ¿Quién le dio a él la llave del castillo de gelatina? ¿Quién le hace a él el jefe de las mermeladas? ¿Quién coronó a Keith el rey de las confituras? No es justo. No es correcto. En efecto, mientras más pienso sobre esto …

Y eso es exactamente lo que no debería hacer. No debería pensar en esto. Para abreviar, al final del rastro de estos pensamientos está el estuche mortal de la envidia. Si no ha visto uno en la vida real, habrá visto uno en las películas de espías. El asesino lo transporta al subir las escaleras de atrás hasta la pieza vacía en lo alto del edificio. Cuando está seguro que nadie puede verlo, abre el estuche. El rifle desarmado está entre cojines. La escopeta, la carga, la culata esperan la mano del buen tirador. El buen tirador espera la llegada de su víctima.

¿Quién es su víctima? Alguien que tiene más de lo que él tiene. Más quilates, más caballos de fuerza, más espacio en la oficina, más miembros en la iglesia. Celosamente fija la mira sobre quien tiene más. «Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis» (Santiago 4.2).

Sinceramente, Max, yo nunca haría eso. Yo nunca mataría.

Con un rifle, tal vez no. Pero ¿qué de con tu lengua? ¿Con tu mirada de odio? ¿Tu chismorreo? «Los celos», dice Proverbios 6.34, «son el furor del hombre». ¿Está su mirada puesta sobre alguien? Si es así, sea cuidadoso; «la envidia es carcoma de los huesos» (Proverbios 14.30).

¿Necesita un disuasivo para la envidia? ¿Un antídoto para los celos? El Salmo que estamos estudiando nos ofrece uno. Antes de lamentar las conservas de durazno que no tiene, alégrese en la copa abundante que tiene. «Mi copa está rebosando» (Salmo 23.5).

¿Está llena una copa rebosante? Claro que sí. El vino toca el borde y luego se derrama por la orilla. El cáliz no es lo suficientemente grande para contener esa cantidad. Según David, nuestros corazones no son lo suficientemente grandes para contener las bendiciones que Dios desea darnos. Él derrama y derrama hasta que literalmente fluyen por sobre el borde y caen a la mesa. A usted le gustará un párrafo de hace un siglo de F.B. Meyer:

Cualesquiera que sean las bendiciones que están en nuestra copa, seguro es que rebosarán. El ternero es siempre el ternero engordado; la túnica es siempre la mejor túnica; el gozo es inexplicable; la paz sobrepasa todo entendimiento. No hay límites en la benevolencia de Dios; Él no mide su bondad con cuentagotas, como el farmacéutico, ni mide sus copitas lenta y exactamente, gota por gota. La manera de Dios es siempre caracterizada por su numerosa y sobreabundante liberalidad.

De lo menos que tenemos que preocuparnos es de no tener suficiente. Nuestra copa rebosa con bendiciones.

Permítame preguntarle. Es una pregunta bien importante. Si fijarnos en la disminución de nuestras cosas conduce a la envidia, ¿qué pasaría si nos concentrásemos en las cosas que no se acaban? Si la conciencia de lo que no tenemos lleva a los celos, ¿es posible que la conciencia de nuestra abundancia nos guíe al contentamiento? Pruebe y vea qué pasa. Dediquemos unos pocos párrafos a un par de bendiciones que, según la Biblia, están rebosando en nuestra vida.

Gracia abundante. «Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5.20). Abundancia es tener más, en exceso, una porción extravagante. ¿Debe el pez en el Pacífico preocuparse de que podría salirse del océano? No. ¿Por qué? El océano abunda en agua. ¿Necesita la alondra preocuparse de encontrar espacio para volar en el cielo? No. El cielo abunda en espacio.

¿Debería el cristiano preocuparse de que la copa de la misericordia se vacíe? Podría. Podría no estar enterado de la abundante gracia de Dios. ¿Lo está usted? ¿Está usted consciente de que la copa que Dios nos da rebosa en misericordia? ¿O teme que su copa se seque? ¿Su garantía expirará? ¿Teme que sus errores sean demasiado grandes para la gracia de Dios?

No podemos menos que preguntarnos si el apóstol Pablo tenía el mismo temor. Antes que fuera Pablo el apóstol, era Saulo el homicida. Antes que animara a los cristianos, los mataba. ¿Cómo será vivir con tal pasado? ¿Se encontró alguna vez con los niños que dejó huérfanos? ¿Sus rostros le perturbaban el sueño? ¿Se preguntó alguna vez si Dios podría perdonar a un hombre como él?

La respuesta a sus preguntas y las nuestras se encuentran en una carta que escribió a Timoteo: «La gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús» (1 Timoteo 1.14).

Dios no es avaro con su gracia. Su copa podría estar baja en dinero o ropa, pero rebosa en misericordia. Podría no tener un estacionamiento de lujo, pero tiene suficiente perdón. «Será amplio en perdonar» (Isaías 55.7). Su copa rebosa en gracia.

Esperanza. Su copa rebosa esperanza. «El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15.13).

La esperanza del cielo hace para el mundo lo que la luz del sol hizo en el sótano de mi abuela. Debo a ella mi amor por las conservas de durazno. Ella las envasaba y las almacenaba en una bodega bajo tierra cerca de su casa en el oeste de Texas. Esta era un profundo hoyo con peldaños de madera, muros de madera, y un olor mustio. Como muchacho, yo acostumbraba a trepar, cerca de la puerta, y ver cuánto podía resistir la oscuridad. Ni aún un rayo de luz entraba en el hoyo bajo la tierra. Yo me sentaba silenciosamente, escuchando mi respiración y el ruido de mi corazón, hasta que no podía soportarlo y corría por la escalera y abría la puerta de un golpe. La luz entraba en la bodega. ¡Qué cambio! Momentos antes no podía ver nada, ahora podía ver todas las cosas.

Como cuando la luz entraba en la bodega, la esperanza de Dios entra en nuestro mundo. Sobre el enfermo, Él envía el rayo de curación. Para el afligido, da la promesa de reunión. Para el moribundo, prepara la llama de la resurrección. Al confundido, ofrece la luz de las Escrituras.

Dios da esperanza. Entonces ¿qué importa si alguien nació más delgado o más grueso, más claro o más oscuro que usted? ¿Por qué cuenta diplomas o compara currículos? ¿Qué problema hay si ellos tienen un lugar a la cabeza de la mesa? Usted tiene un lugar en la mesa de Dios. Y Él está llenando su copa para que rebose.

La copa rebosante era un símbolo bien descriptivo en los días de David. Los anfitriones en el antiguo oriente usaban esto para enviar un mensaje al huésped. Mientras que la copa se mantenía llena, el huésped sabía que era bienvenido. Pero cuando la copa estaba vacía, el anfitrión estaba insinuando que la hora no era conveniente. Sin embargo, en aquellas ocasiones en que el anfitrión gozaba realmente de la compañía de la persona, llenaba la copa hasta rebosar. No paraba cuando el vino llegaba al borde; se mantenía llenando la copa hasta que el líquido comenzaba a derramarse y caía en la mesa.

¿Ha notado usted cuán húmeda está su mesa? Dios desea que usted se quede; su copa rebosa de gozo. Rebosa de gracia. ¿No debería su corazón rebosar de gratitud?

El corazón de un niño lo hizo. No al principio. Inicialmente estaba lleno de envidia. Pero, con el tiempo, se llenó de gratitud.

Según la historia, vivía con su padre en un valle en la base de un gran dique. Todos los días el padre iba a trabajar a la montaña detrás de su casa y retornaba a casa con una carretilla llena de tierra. «Pon la tierra en los sacos, hijo», decía el padre. «Y amontónalos frente a la casa».

Si bien el niño obedecía, también se quejaba. Estaba cansado de la tierra. Estaba cansado de las bolsas. ¿Por qué su padre no le daba lo que otros padres dan a sus hijos? Ellos tenían juguetes y juegos; él tenía tierra. Cuando veía lo que los otros tenían, enloquecía. «Esto no es justo», se decía.
Y cuando veía a su padre, le reclamaba: «Ellos tienen diversión. Yo tengo tierra».
El padre sonreía y con sus brazos sobre los hombros del niño le decía: «Confía en mí, hijo. Estoy haciendo lo que más conviene».
Pero para el niño era duro confiar. Cada día el padre traía la carga. Cada día el niño llenaba las bolsas. «Amontónalas lo más alto que puedas», le decía el padre mientras iba por más. Y luego el niño llenaba las bolsas y las apilaba. Tan alto que no ya no podía mirar por encima de ellas.

«Trabaja duro, hijo», le dijo el padre un día, «el tiempo se nos acaba». Mientras hablaba, el padre miró al cielo oscurecido. El niño comenzó a mirar fijamente las nubes y se volvió para preguntarle al padre lo que significaban, pero al hacerlo sonó un trueno y el cielo se abrió. La lluvia cayó tan fuerte que escasamente podía ver a su padre a través del agua. «¡Sigue amontonando, hijo!» Y mientras lo hacía, el niño escuchó un fuerte estruendo.

El agua del río irrumpió a través del dique hacia la pequeña villa. En un momento la corriente barrió con todo en su camino, pero el dique de tierra dio al niño y al padre el tiempo que necesitaban. «Apúrate, hijo. Sígueme».

Corrieron hacia la montaña detrás de su casa y entraron a un túnel. En cuestión de momentos salieron al otro lado, huyeron a lo alto de la colina y llegaron a una nueva casita.

«Aquí estaremos a salvo», dijo el padre al niño.

Sólo entonces el hijo comprendió lo que el padre había hecho. Había provisto una salida. Antes que darle lo que deseaba, le dio lo que necesitaba. Le dio un pasaje seguro y un lugar seguro.

¿No nos ha dado lo mismo Nuestro Padre? ¿Un muro fuerte de gracia para protegernos? ¿Una salida segura para liberarnos? ¿De quién podríamos tener envidia? ¿Quién tiene más que nosotros? Antes que desear lo que otros tienen, ¿no deberíamos preguntarnos si tienen lo que nosotros tenemos? En vez de estar celosos de ellos ¿no es mejor sentir lástima de ellos? Por amor del cielo, tire los rifles y levante la copa. Hay suficiente para compartir.

Una cosa es cierta. Cuando venga la tormenta final, usted estará seguro en la casa de su Padre, y no echará de menos lo que Él no le dio. Estará maravillado de lo que le dio.

Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (155). Nashville: Caribe-Betania Editores.


Alabanza: Mi Copa Rebosa – Rocío Crooke

Guía de estudio
Aligere su equipaje
Preparada por Steve Halliday
16
Sesión de mermelada
La carga de la envidia

Viaje hacia atrás

1. Celosamente fija la mira sobre quien tiene más.
A. Describa el tiempo cuando usted sintió celos de alguien. ¿Qué lo impulsó a los celos?
B. ¿Por qué la mayoría de nosotros desea «más»? ¿Qué nos impide estar satisfechos con lo que tenemos?
2. Si el enfoque en la disminución de nuestras cosas conduce a la envidia, ¿qué pasaría si nos concentrásemos en las cosas interminables? Si la conciencia de lo que no tenemos lleva a los celos, ¿es posible que la conciencia de nuestra abundancia nos guíe al contentamiento?
A. Conteste ambas preguntas anteriores.
B. Trate de detallar los «asuntos interminables» que usted posea. ¿Qué hay sobre su lista?
C. Trate de enumerar su «abundancia». ¿Qué le dice esto sobre la provisión de Dios?
3. Dios no es avaro con su gracia. Su copa podría estar baja en dinero o ropa, pero rebosa en misericordia. Usted podría no tener un estacionamiento de lujo, pero usted tiene suficiente perdón.
A. ¿Cuán a menudo usted pondera la gracia de Dios para con usted? ¿Y su misericordia?
B. ¿Cómo ha sido la gracia de Dios para con usted esta semana? ¿este mes? ¿este año?
4. Una cosa es cierta.Cuando venga la tormenta final, usted estará seguro en la casa de su Padre, usted no echará de menos lo que Él no le dio. Usted estará maravillado de lo que le dio.
A. Trate de imaginar el día que usted llegue seguro a la casa de su Padre. Mire alrededor. ¿Qué le ha dado a usted?
B. ¿Cómo puede el meditar sobre su futuro eterno con Dios ayudarle a usted a tratar con lo que existe hoy?
Viaje hacia arriba
1. Leer Proverbios 14.30; 23.17
A. ¿Con qué contrasta Proverbio 14.30 la envidia? ¿Qué significa esto?
B. ¿En qué manera los creyentes a veces envidian a los «pecadores» (Proverbios 23.17)?
C. ¿Qué significa «persevera en el temor del Señor»?
2. Leer Santiago 3.13–4.5
A. ¿Qué contrasta Santiago en el verso 13 con los «celos amargos» en el verso 14?
B. ¿De dónde viene la celos (v. 15)?
C. ¿Qué acompaña siempre a la celos (v. 16)?
D. ¿Qué cosas combaten y se disputan entre los hermanos espirituales (4.1)?
E. Dios mismo es mencionado en Santiago 4.5 por los «celos». ¿Cómo difiere esto de la celos humanos?
3. Leer Tito 3.3–7
A. ¿Cómo describe Pablo su vida antes del cristianismo (v. 3)? ¿Qué envidiaba?
B. ¿Cómo Dios nos libera de la envidia (vv. 4–5)?
C. ¿En qué magnitud Dios derrama su Santo Espíritu sobre nosotros (v. 6)? ¿Cómo Él influye para cortar la envidia de raíz?
D. ¿Cuál fue el propósito de Dios al salvarnos (v. 7)? ¿Cómo puede meditar sobre la verdadera destrucción de la envidia?
Viaje hacia adelante
1. Dibuje una línea en una hoja de papel, para crear dos columnas. Sobre el lado izquierdo, enumere en qué Dios lo ha suplido en abundancia y, si es posible, incluya una referencia de las Escrituras. Por ejemplo, en la columna izquierda usted podría escribir «yo lo deseaba, y ahora tengo mejor salud», y al frente de esto, en la columna derecha, usted podría decir «Dios me dará un cuerpo glorioso y eterno» (Filipenses 3.20–21).
2. Haga una cita para servir el almuerzo en un local de misiones. Trate de no programar su visita en día de gracias. Y esté agradecido por lo que Dios le ha dado.
Lucado, M. (2001). Aligere su equipaje (243). Nashville: Caribe-Betania Editores.
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